Carta a Sergio Delgado

SERGIO DELGADO
HOLA, SERGIO. No nos conocemos. Y ya no habrá ocasión. Un obstinado del odio lo impidió a puñetazos fríos y cobardes. Ser de Valladolid te costó la vida. ¿Puede haber algo más absurdo? No lo dudes, Sergio. Lo hay. Un jurado conjurado para solapar la violencia identitaria, como el verbo con la coma. Y la desvergüenza bajo un veredicto delirante. Nueve hombres y mujeres sin pudor. Son los que te han juzgado a ti, en vez de al criminal Novoa, de los Mancebos esos y otros cafres del fútbol, como su letrado. Ese cuya imagen preocupó más al magistrado Roger Redondo, que tuteló una de las más esquizofrénicas vistas orales de la historia, que las lágrimas de tu madre. No hay nada más firme y seguro que el dolor de una madre. Es un valor absoluto. Basta perder un hijo para no perder nunca nada más. Ni siquiera la vida. Tienes que saber, que lo sabrás, que tienes una hermana admirable a la par que honesta. Le plantó cara a su señoría, que es la forma que elige la decencia de afrontar la infamia. Tienes una hermana que ni se va a rendir ni a dejarse amedrentar por un togado altivo y los anónimos jurados que pretenden perpetrar la fechoría de sacar de la celda en cuatro días al que te mató. Carla es una luz al final de la injusticia que empezó una noche de fiesta. Todo es un compendio de despropósitos en el que hasta la UVA, tu universidad, intentó indultar al mamarracho que adiestraba ingeniería en las aulas y enseñaba odio en las redes. Pero no te aflijas, Sergio. Todos tenemos derecho a un juicio justo. Incluso tú en Burgos, aunque seas de Valladolid. Todos tenemos derecho a una defensa justa, incluso Novoa, aunque odie a los de Valladolid hasta matarlos. O la Justicia enmienda al juez y al jurado con la contundencia merecida o los criminales harán cola a las puertas de la Audiencia de Burgos para ser juzgados. Sergio, no te angusties. Carla, no te rindas. Las campanas de Valladolid doblan por todos nosotros. Habrá justicia, Sergio, confía, pese a su señoría.