Diario de Castilla y León

Editorial

Sergio Delgado, a medio jurado de ser culpable de su propia muerte

HERMANA DE SERGIO DELGADO, A LA DERECHA, LLEGANDO A LA AUDIENCIA DE BURGOS

HERMANA DE SERGIO DELGADO, A LA DERECHA, LLEGANDO A LA AUDIENCIA DE BURGOSSanti Otero

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A SERGIO DELGADO lo mató un desaprensivo armado de odio y fanatismo de un puñetazo por el mero hecho de ser de Valladolid. Esos son los hechos. Y son irrefutables, señoras y señores del jurado. Lo demás, ensoñaciones para alcanzar un veredicto que ha estado a un par de argumentos maniqueos y media hora de deliberación de que el condenado al final fuera la víctima y el agresor, «un buen chico», a decir de su madre. Dios nos libre de encontrarnos con buenos chicos por la calle. Y Dios nos libre de encontrarnos con jurados dispuestos a sacarlos a la calle en una de las más bochornosas tragedias judiciales a las que hemos asistido, como epílogo inmoral e indecente de la muerte de un chico por ser de Valladolid de un puñetazo criminal. La Justicia se asoma al precipicio del descrédito social y del repudio público en el momento en que los encargados de administrarla la ejercen con evidente desacierto, desatendiendo la claridad de las pruebas y los testimonios. A Sergio lo mataron de un puñetazo por ser de Valladolid. Esos son los hechos y son irrefutables, señoras y señores del jurado.

El desarrollo de la vista y la intervención de quien la guiaba tampoco fue un paradigma de diligencia. Ni siquiera del mínimo tacto. Más bien un intento, poco edificante y un tanto vergonzante, de adquirir el protagonismo al que debe ser ajeno el juez, como le ocurre a los árbitros en el fútbol. La vanidad juega malas pasadas y es la mayor de las tentaciones humanas. Y de ella no se libran ni los togados ni los ungidos por sorteo de intentar impartir justicia.

Recriminar el llanto de una madre por su hijo asesinado en plena vista oral, con el dolor manando a borbotones, y el criminal a unos metros, es infame, indecente y engreído. También eso lo hemos visto en el pleito. El juicio parece perpetrado contra la memoria de la víctima. Un aquelarre de desvaríos y desaciertos desde la sala de vistas hasta el claustro del jurado, que decidió clavarse dos banderillas negras en su veredicto. Por eso, y por muchas más cosas, como la desatención a los testimonios, incluso policiales de que a Sergio lo mató una alimaña cargada de odio incomprensible por ser de Valladolid, no es que la sentencia esté destinada a ser corregida en instancias superiores. Está abocada a que se declare su nulidad en instancias superiores. Eso si la Justicia quiere reparar su propio desvarío. E incluso a la intervención del Poder Judicial para analizar el proceder del magistrado y su influencia decisiva en el proceder del jurado. Ese juicio no debería celebrarse en Burgos con un jurado de Burgos, que es lo que muchos piensan pero nadie pronuncia. Sergio Delgado murió de un puñetazo criminal por ser de Valladolid. Estos son los hechos y son irrefutables.

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