Diario de Castilla y León

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NO HACE MUCHO que pasé por Manjarín. La sábana blanca –santa– de la nieve hacía de mortaja sobre sus ruinas. Otra vez. Seguro que antes de expirar veló armas. Se fue como vino a tierra templaria. Sin nada. Apenas cuatro trapos y un calcetín traía en su mochila aquella primavera de su primer camino. En el foso, bajo el puente del castillo de Ponferrada, ocurrió el asombroso episodio que le llevó a tomar la decisión de ser peregrino. Para siempre. Nos dijo que escuchó cantos mientras dormía a la intemperie… y así fue como Tomás, el que pasará a la historia como el templario de Manjarín, nos lo contaba a los primeros periodistas que iniciábamos nuestra particular peregrinación profesional. Tomás venía huyendo de algo. Como todos. Tomás se fue, acabó sus días en un hospital. Estaba escrito. Habrá llegado al juicio final y respondido de lo suyo. Pero, estoy seguro de que, si en la supuesta corte celestial algún magistrado divino hizo el Camino, seguro que valorará a nuestro templario. Me lo imagino en su último momento como siempre, con su hábito blanco y su cruz del temple al pecho. Lo estoy viendo en sus sueños, de rodillas, serio, en pleno trance, poniendo sus manos sobre la empuñadura de su espada, que nunca estuvo afilada ni encontró enemigo. Tan cierto como que un servidor veló a su lado. Fue de los tipos del camino, ya entrada la década de los 90, que más me agradaba por su endiablada y trasgresora manera de vivir lo jacobeo. En el fondo me atrajo más de una vez la idea de ser como él –a su manera– mitad monje y mitad soldado sin entrar en más diatribas sobre el poder económico del Temple y su trágica caída misteriosa. Pero, en lo esencial, aún sin creer del todo en el jefe supremo de los ejércitos de Dios en la tierra, no me caen mal los templarios. Y teniendo en cuenta que sus huellas se desparraman por nuestra geografía, con más razones. Qué se le va a hacer, me ponen sus leyendas. Además, el Señor de Bembibre no sería lo mismo sin el Temple. Ni Ponferrada sin su procesión del Santo Grial, ni Cornatel sin sus defensores. Y esto, en el noroeste, donde vuelvo para recordar a Tomás, el templario de Manjarín. Su rosa de los vientos ya no tiene sentido, ni señales. Fueron muchas madrugadas en la penumbra del refugio. Café negro y largo como una noche templaria. A veces rico y siempre caliente. Reconfortante entre las sombras. Conversaciones incrustadas en el archivo profesional y sentimental en las que admito que le robé la voz, su historia y sus gestos antes de irse. Cuánto han cambiado las cosas en los últimos veinte años. Habrá que darse prisa en ordenar lo vivido para que el Camino no olvide a los suyos. Entre ellos a Tomás, el templario de Manjarín.

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