Teníamos razón con la asistencia personal
IMPULSA IGUALDAD lleva más de una década defendiendo la asistencia personal como herramienta clave para la autonomía y los proyectos de vida de las personas con discapacidad, basada en el empoderamiento y en el reconocimiento del asistente personal como figura central. Desde el inicio, la entidad apostó por un modelo que hiciera este empleo atractivo: reconocimiento profesional, condiciones laborales dignas, flexibilidad y participación de la propia persona con discapacidad en la formación.
Ante la ausencia de una regulación oficial, junto con CERMI se diseñó un manual de formación basado en el modelo de Vida Independiente, con una duración de 50 horas, complementado por la formación práctica que proporciona la propia persona usuaria. Este enfoque fue cuestionado por sindicatos y algunos ámbitos de la formación profesional, que alertaban sobre una posible devaluación salarial y competencial.
En este artículo quiero desmontar estos recelos con tres argumentos clave:
1. Sin asistentes personales no hay asistencia personal, por lo que las propias personas con discapacidad son las primeras interesadas en salarios dignos;
2. La calidad de la formación es esencial, dado el carácter íntimo del trabajo, y puede garantizarse con una formación teórica ajustada y específica;
3. La asistencia personal es una oportunidad estratégica tanto para la vida independiente en el medio rural como para la generación de empleo local.
La reciente irrupción de las microcredenciales, impulsadas por universidades y la FP para cubrir nuevos perfiles laborales, confirma la validez de este planteamiento. Estas fórmulas de capacitación rápida encajan con el modelo defendido por Impulsa Igualdad desde hace años: formación breve, específica y centrada en la persona usuaria. La conclusión es clara: el tiempo ha dado la razón a este enfoque y el sistema formativo empieza, por fin, a alcanzarlo.