TIERRA ADENTRO
Dan miedo (I parte)
TRANQUIS. Motivos tenemos en este periodo deprimente y apocalíptico que nos vive y que nos va a matar, para temblar. Pero hoy quiero hablar de otros miedos que alegran más que preocupan, aunque tienen su puntito de terror. Mi amigo Iker Jiménez todavía no ha caído en ello, cuando lo haga va a venir muy bien algo de atención a un fenómeno social, cultural, de raíz rural y sustrato antropológico y etnográfico -que ahí le andan ambas disciplinas- hoy en manos de arqueólogos, sociólogos y gestores de patrimonio inmaterial de la inhumana humanidad. Porque las mascaradas, que es como se conoce en su conjunto a los antruejos, carnavales de invierno, y distintas manifestaciones rituales, ya forman un ejército de seres espantosos y entrañables que corren haciendo cabriolas y saltando por las callejas y plazas de las aldeas, cruzan sus ríos y brincan al son de los cencerros entre nubes de ceniza al amanecer. No caben en diez columnas los nombres de cada personaje. El reparto actoral es descomunal. Y, aunque por lo general, parecen más bien explosiones anárquicas de júbilo, no es así, pues siguen un guion que han recogido casi a última hora de las mejores fuentes, de los informantes (que así se les llama en los cuestionarios) que han cedido su testimonio oral. Hombres y mujeres mayores, ancianos en sus últimos días que nos contaron lo que vieron de niños -con mucho miedo- y lo que los escucharon a los abuelos de lo que decían los abuelos de sus abuelos. Y de los míos. Gracias a la sociedad rural han recuperado cada cual y a su entender su mascarada, su antruejo y su carnaval. Pero aquí, en región, seguimos con esa maldita desconexión entre territorios y, lo que es peor, entre fluidos culturales rurales de primera magnitud. Las instituciones no acaban de darse cuenta de lo que significa el éxito de un consenso voluntario sin plan director ni subvención que reavive la fuerza vital en territorios moribundos. Un servidor, que se tiró al monte hace décadas, ha podido constatar de primera mano y al amanecer, la pureza del ritual y esa pátina de costumbre y tradición secular casi intacta. Con mucho frío. Fue Portugal. Y por eso también te quiero tanto, porque fue quien nos tendió la mano y abrió sus caretos y diablos para desfilar juntos por ciudades. Nos abrió la puerta. Y entramos. Lo cierto es que de la noche a la mañana nos hemos encontrado ante una manifestación coral riquísima, desbordante, estrafalaria y asombrosa. Ojo a los puristas, hay que saber leer la partitura de los cencerros. Todo cabe, incluida la imaginación. No son juergas de quintos. Para eso está la murga, la copla, el arlequín y el desfile de disfraz y colorín. La mascarada es otro carnaval. Tan digno. Sus personajes siguen un guion inspirado en la fertilidad, el bien y el mal, el fin de la cosecha, los cambios de estación y el enigmático solsticio. Alrededor de unas doscientas mascaradas o más, según mi lista aquí en región. La próxima semana, más.