TIENE TELA
La internacional sanchunera
UNA DE TANTAS. Tras la intervención quirúrgica de Trump en Venezuela el 3 de enero, el tirano Sánchez se ha fundido con su homólogo el tirano Maduro. ¿Alguna duda? Lo inequívoco entre colegas del izquierdismo radical es la solidaridad a muerte: hoy por ti, mañana por mí. Un subterfugio que en España es tan viejo como la novela picaresca. Cuando la política se degradaba hasta el puterío más trajinero, La Celestina saltaba de gozo: cuánto me «alegra lo que con poco trabajo se gana». Y cuando al Duque de Lerma –el mayor ladrón de España hasta el sanchismo– le pillaron con las manos en la masa, le hicieron cardenal para no ser ahorcado, y para salvar el honor del derecho internacional que ampara a todos los ladrones.
Lo cierto es que esta operación, guerra, intervención, injerencia, o lo que quieran –¡ya habéis tardado en hacerlo, guapos!–, le ha servido a Sánchez para subirse a la cuartelada universal, y al pronunciamiento sedicioso y decimonónico en pos de una paz infinita que nunca llega porque esa paz no es más que un bulo, un cálculo, la excusa populista para ganar una guerra. Y esta es la pretensión del tirano Sánchez en estos momentos: ganar la guerra que en 1998 declaró a las democracias de Occidente el golpista Hugo Chávez, y que continuó su amado hijo Maduro. Por tanto, todo el orden internacional en la España sanchista se reduce ahora mismo a esta parodia intransitiva: Sánchez o Trump.
¿Con qué seriedad ha encajado este lance chusquero el tirano Sánchez? También con un aplomo intransitivo: el verbo no tiene un complemento directo donde cascarla. Como si fuera su tesis doctoral, copia el pragmatismo de La Celestina –al que tanto deben los oficiales del puterío internacional–, basado en este principio insurgente, que la gran meretriz bordó en el Acto V: «a nuevo negocio, nuevo consejo se requiere». Para el tirano del trinque al 50% del producto nacional en bolas, esto es coser y cantar. Siguiendo la plantilla de las distintas Internacionales social–comunistas que hubo desde 1864 al 2026, se ha inventado una nueva a mayor gloria de Trump: La Internacional Sanchunera.
¿Y por qué no la Internacional Sanchista? Sutilísimo matiz. Será, imagino, porque al ser Sánchez un cursi de manutención mitinera, y de una intimidad de bombarda, le encantan las rimas ripiosas, y las internacionales que peguen forzosamente con sanchunera. Tal y como ocurre, por ejemplo, con la internacional zapatera, la habanera, la caraqueña, la ladronera, la reputera, la begoñera, las socialisteras–comunisteras, las golpeteras, las terroristeras, más todas las internacionales que acaben en ERA –del latín aes, que significa pasta a mogollón, y principio de un tiempo irrepetible–, y que son miles. Un torrente verborreico que desemboca en la Internacional Sanchunera como resumen democrático: lo que yo quiERA.
En este baño de internacionalidad sanchunera –colmo de ordinariEZ– se incardina lo que reivindica frente a Trump como aportación infalible, humanística y democrática: el «orden internacional basado en reglas», «la legalidad internacional en Venezuela», «el derecho internacional y la resolución pacífica de los conflictos». Suena a carta navideña, a gran lanzada para sus hooligans, a retórica de villano, a hipocresía pintada en rojo. Nos recuerda al rotundo fracaso que tuvo lugar en el 2009, –gobernando el hoy narco adicto Zapatero–, cuando se exigía la «españolización del conflicto universal» para juzgar delitos en el extranjero a cargo de su Audiencia Nacional. ¿Cómo acabó este maremoto de grandezas imperiales? En nada. La carcajada internacional fue homérica.
¿De qué derecho internacional, de qué reglas, de qué legalidad habla hoy el tirano sub español? ¿El que emana de la ONU, de la OEA, de la Corte Europea de los Derechos humanos, del Tribunal Supremo de Justicia de Venezuela, o del Tribunal Constitucional de España entre otros? El desprestigio de la ONU ya no cabe ni en el Midtown Manhattan. El puntapié que la OEA propinó en el culo a los demócratas venezolanos en las elecciones de 2024 fue escandaloso y repugnante. La Corte Europea es un feudo de zurderas a sueldo y de burócratas amotinados. En cuanto a los tribunales de garantías de España y Venezuela, la corrupción chorrea y llega hasta el pueblo cordobés de Bujalance: un millón de euros porque empiece, y diez millones porque acabe.
El único derecho internacional con reglas, derechos y obligaciones, con doctrina, y además genuinamente hispano –las políticas de Sánchez son una puñalada trapera a la hispanidad con valores humanos–, es el de gentes que diseñaron los padres de la Escuela de Salamanca. Su basamento jurídico descansa en tres corolarios insoslayables: el bien común, la libertad de conciencia y de creencias, y la justicia. Cuando el tirano se coloca por encima de estas realidades incorruptibles, también tienen claro lo que hay que hacer con él. Sí se niega a irse, hay que enjuiciarlo y sustituirlo. Y si por su fuerza se niega a ser destituido, lanzan una intervención quirúrgica basada en Santo Tomás de Aquino: entonces «es lícito matar al tirano» (De rege, Juan de Mariana).
Ya puede disfrazarse el tirano de lo que quiera, incluso de David lanzando la piedra contra Goliat. Lo de Venezuela ha sido el fracaso de un derecho internacional de risa: 27 años de diálogo, de rapiña, de expropiación ladronera, de mentiras estrambóticas y estrábicas, de putrefacción universal, de tiranía, de asesinatos, y de exilio forzoso para más de 8 millones de venezolanos. Trump, el único hasta ahora, lo ha parado y ha sido contundente en la aplicación del derecho internacional de gentes: que delenda est tyrannia.