TIERRA ADENTRO
Apagad las luces
Traspasada la puerta del nuevo año, no me siento defraudado. La tormenta del desierto continúa. Cualquier presagio, por imposible que pueda parecer, será. No habrá fumata blanca. Carecemos de santidad. Tambores de guerra retumban y no pasa nada. Ponme otro vino y un torrezno. De Soria. Ni me muevo, aquí espero fumando porque me da la gana. Cuantos más idiomas hablamos y lenguas legislamos, resulta que la torre de Babel está a punto de desmoronarse porque entre ellos no se entiende ni Dios. Algunos dicen que han visto en el bosque a Noé talando troncos en un aserradero ilegal. No, no es ciencia ficción: leed, escuchad, visionad los noticieros. Atravesamos esa calma chicha de antes de la tormenta y de que la campana toque a rebato. O a nublo. Nuestra Generación del 98 tendría dificultades para calmarnos a pesar de su arcano filosófico henchido de meridiana claridad e impecable sentido común intelectual. Qué tanto se añora hoy. Ojeo mis libritos de letra asquerosamente diminuta, pero bálsamo literario y arcano bendito de mi Colección Austral. Todo es nuevo para un servidor, castigado durante años a escribir y leer lo que no quiere y ya casi en lo que no cree, que anhela el día en el que alguien baje del balcón para hablar de Dostoievski y ver juntos la cinta de Cuerda, tan surrealista. Tan cojonuda. La peli que dio la vuelta al absurdo riéndose con nosotros. Me quedé en el día que no amaneció. Premonición que nos espera a los de Occidente. Siento que mi nieto llegue tarde para un nuevo estado de bienestar que, por si no lo saben, “es un modelo sociopolítico donde el Estado interviene activamente para garantizar servicios esenciales (salud, educación, pensiones, desempleo) y redistribuir la riqueza, asegurando un nivel de vida digno y reduciendo desigualdades para todos los ciudadanos, un concepto que se consolidó tras la Segunda Guerra Mundial en Occidente”. Wikipedia dixit. Adiós a la Pax Romana. No veo augustos en Europa, ni en América, ni en Oriente. Por lo que no nos salva ni la caridad. Para qué escribir la carta a sus majestades. Ya no hay reyes en España, conglomerado culto y viejo que pervive por los siglos de los siglos derribándose, guerreando y reconstruyéndose una y otra vez. A peor. Y cuando ya habíamos olvidado aquella guerra de nuestros abuelos, los virus malignos vuelven a sobrevolar nuestras cabezas de chorlitos. Y de chorlitas. Y sin despeinarnos. La democracia, masa madre de la constitución, antídoto que todo lo cura, pócima de libertad, magia del entendimiento se desvanece como un último plan B en medio de la cabalgata de los últimos emperadores. Joder, que estamos en guerra. Apagad las luces de la ciudad, ¡coño!, que somos blanco de las bombas de los blancos en esta blanca Navidad. Y Maduro al trullo, que es lo suyo.