ÈL RUBICÓN
Váyase a hacer puñetas
HOY toca hablar de aquellos que se creen por encima del bien y del mal. Esos que tienen la osadía, por aquello de llevar togas y puñetas, de pensar que a ellos no se les puede criticar. Que lo suyo es ley y los demás deben oír, ver, callar, obedecer y rendirse a sus pies.
Ellos son los encargados de interpretar la Ley, así en mayúsculas, y de emitir sentencia. Auto de condena o no que debe venir y de estar probado, sin ningún género de duda, que el acusado o acusados son culpables, o no. Hasta ahí nada que objetar. Pero lo que no es de recibo es que seis muertes por ir a trabajar, sí por bajar a la mina a ganarse la vida, queden impunes. Eso, con perdón de la señora magistrada del Juzgado de lo Penal 2, es tanto como decir que la culpa de haber muerto en el pozo Emilio de la Hullera Vasco Leonesa la tienen esos seis mineros por haberse metido en la mina ese día. A quién se le ocurre.
No hombre, no. Esos mineros bajaban ese día a la mina pensando que todo lo que tenía que ver con la seguridad estaba correcto y en perfecto estado de revista. ¿De verdad que no existe ningún tipo de responsabilidad ni penal, ni civil? ¿De verdad que no hay responsabilidad de nadie sobre esas seis muertes? ¿De verdad que sólo son válidos los informes periciales y testificales presentados por las defensas? Si a todo eso se le añade que las familias de los seis mineros muertos han tenido que esperar más doce años para tener una sentencia, que por lo que sea ha estado esperando casi tres años para redactarse y, nada más volver la jueza de su baja se la despacha en unas semanas, se cierra el círculo de un despropósito. 505 folios de sentencia que se pueden resumir en un, miren ustedes como bien saben esta magistrada sólo va a tener en cuenta lo dicho y aportado por las defensas, lo demás, pues a la basura. Vamos, que por no valerle, a su ilustre señoría no le sirve ni el informe sobre el accidente de los técnicos de minas. Y se queda tan pancha.
Vamos que todo estaba tan bien, tan bien que más parecía que los mineros fallecieron de muerte natural. Y no, las seis víctimas perdieron la vida por un escape de grisú. Sí, de grisú, un gas que debería haber sido detectado por los sistemas de control de la mina. Pero para la magistrada de las puñetas nadie es responsable. Pero oye, «sin perjuicio de que la parte que se considere perjudicada en sus derechos pueda ejercitar las acciones que estime pertinentes en la vía jurisdiccional civil», dice su señoría y, de nuevo, se queda tan pancha. Le ha faltado poner, y déjenme ustedes tranquila que yo estaba muy a gusto de baja.
La sentencia no sólo echa tierra sobre una de las mayores tragedias de la minería, sin que nadie vaya a ser el responsable, además es un insulto a la memoria de José Antonio Blanco, Juan Carlos Pérez, Roberto Álvarez, Orlando González, José Luis Arias y Manuel Moure y a su familias. Esos a los que la justicia viene a considerar casi un daño colateral. ¿Sabe qué? Váyase a hacer puñetas, señora magistrada.