Diario de Castilla y León

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NO ESTOY SEGURO de casi nada. En política, mis inseguridades son absolutas. Leo los concienzudos análisis de los politólogos, examinando el estado de descomposición del sanchismo durante la semana pasada, y mis dudas se disparan. ¿De verdad Junts ha dejado al régimen tambaleante y en estado catatónico? ¡Cuánto caperucito rojo por el monte solo! A la supuesta debacle han respondido desde Moncloa que na de na: que mantienen «la mano tendida siempre», que tienen arrobas para «el diálogo y el entendimiento con todos los grupos parlamentarios» por amor a España, y siguiendo un estricto orden jerárquico: primero «en Cataluña» y luego «en el resto de España». Fin de las especulaciones prospectivas.

Traducido en castellano pizzeriano significa que seguimos con las mismas manducas y trapicheos; con idénticas mandangas y rellenos; con los mismos políticos del despelleje, que señalaba con sorna cañí el Marqués de Santillana hace siglos, y cuya filosofía de la vida y de la política siguen intactas en la España sanchunera con un rebojo de pan y un huevo duro para ahorrar aceite; y que así va to palante: «quien come vaca del rey, a los cien años paga los huesos». ¿Cómo decirlo sin herir las sensibilidades de una sociedad que vive de la nómina de huesos que le surte una revolución famélica? Pues ya ven cómo: deambulando por la pasarela de un crupier que se ha convertido en un legislador draconiano.

Una deriva lógica y muy socorrida en la política totalitaria de todos los tiempos. Hemos hablado aquí del tirano –Lunes 27 de octubre– como de un profeta de sí mismo que, con gran ajorro, ha desdibujado las diferencias teológicas y filosóficas entre un dios olímpico de verdad, y las de un puteorita de sauna como negocio. Por favor, tiren de arqueología, o de historia, y comparen. Donde estén las caldas de Caracalla, o las de cualquier emperador romano, las zahúrdas sabinianas son inframundo, peliculillas de vilipendio. El lunes 3 de noviembre, hablamos aquí del tirano convertido en sumo pontífice, o del segundo requisito para hacer de la política una religión de estado.

Pero nos falta lo más determinante en el graderío de cualquier república democrática, revolucionaria, o bananera: articular todos y cada uno de los actos del ciudadano en un corsé jurídico desde que se levanta hasta que se acuesta. Hablamos del paraíso con el que sueña todo legislador totalitario. Los grandes legisladores de la historia se cuentan con los dedos de la mano: Zoroastro, Moisés, Licurgo, Solón, Confucio, o Cristo. Todos ellos tienen una característica común y humanista: la justicia por encima de todo. El resto, que se cuentan por millones, han sido unos meros compiladores, generales de los ejércitos, tiranos cortoplacistas, que tienen la misma y común idiosincrasia: legislan, mandan, y trituran al ciudadano con sus legislaciones draconianas.

Capital modo de ejercer el poder que impuso el tirano Dracón en Atenas con un rigor primitivísimo y desalmado, pues aplicaba la máxima pena, incluida la capital, por la más nimia de las transgresiones. En resumidas cuentas, que el legislador en la Atenas que inventó la democracia –precisamente, en esos años–, duró poco en el cargo. Para salvar el pellejo tuvo que exiliarse a Egina, la primera ciudad de la antigua Grecia que acuñó la moneda. Aquí, según cuentan los tiranoadictos, murió de éxito en el teatro al ser aclamado por sus seguidores, que por cierto no eran pocos. Al parecer, fue tanto el frenesí, que le lanzaron en tromba sus togas, gorros, máscaras y calzoncillos, y –primer caso de la historia– murió de asfixia triunfal exclamando entre los estertores lo que babean todos los tiranos: hasta la victoria siempre, troncazos.

¿Es el tirano Sánchez un legislador draconiano? Hagamos una síntesis comparativa. Cuando Zoroastro habla de justicia, sus leyes instauran la civilidad. Cuando Solón establece las bases de la democracia, sus leyes son los respiraderos de una civilización basada en una justicia que es una marea incontenible: «el mar es revuelto por los vientos; pero mientras alguien no lo mueva, es la más justa de todas las cosas». Cuando Moisés dicta los 10 mandamientos, Dios y los hombres son los signatarios de una nueva justicia que rompe con «la servidumbre»: si alguien «entró solo, solo saldrá» y además libre. Y cuando llega Cristo, la costra entre legisladores y legislados salta por los aires y se simplifica: «Un precepto nuevo os doy: que os améis los unos a los otros».

Frente a estos legisladores que hicieron de las leyes una liberación para el hombre, están los legisladores draconianos como Sánchez. Según escribe Balzac en su obra Petrilla –casualidad o no es una novela melancólica del naturalismo francés–, estos mandilandingas no tiene donde caerse muertos. Sus legislaciones, dice, son «para estos canallas una cosa excelente si no hubiera Dios». Con sus leyes inquiokupas y trufadas de un wokismo degenerativo y menstruante, Sánchez se ha hecho profeta, sumo pontífice, legislador draconiano, dios. Oh draconismo metastásico. Sus conmilitones –el sostén de su corrupción asquerosa y de su ladronaje impune, que da cobertura legal para que se multipliquen los panes y los peces– son la escoria de las libertades democráticas: el terrorismo de ETA, el catalanismo golpista y supremacista, y el narco estado como garantía de salvación.

En fin, que hay comparativas dracononianas que no resisten una mínima transparencia democrática, porque su justicia la suministran mercachifles, y sus bajas pasiones se rigen por un puterío de marabuntas. Con uno de sus hechos, uno solo, juzgamos todos los demás. Delenda este tyrannia.

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