Diario de Castilla y León

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De los miles de euros que derraman las diferentes administraciones públicas en programas de formación, sensibilización y concienciación. De los cientos de miles que van a subvenciones para todo tipo de asociaciones, chiringuitos y contubernios.

De los millones de mensajes comprados que hacen rodar los maestros de la prestidigitación demoscópica, sectaria y teledirigida para crear estados de opinión prostituidos. Ojalá que una milésima parte fuera dirigida por unos instantes para tratar de influir en uno de los fracasos más dañinos de nuestra sociedad actual como es la seguridad vial. Especialmente en Burgos, donde es inconcebible el enorme daño que ha causado la nula conciencia de seguridad vial que padecemos. Si nos preocupan poco los graves ejemplos de violencia social que padecemos, menos aún los peligros de la seguridad vial, que es una epidemia silenciosa que deja cientos de víctimas. Sin ir más lejos, los atropellos no dejan de crecer en Burgos y en el resto de Castilla y León y, desde que han incorporado los patinetes, la siniestralidad se ha multiplicado. En la capital burgalesa la Policía Local ha impuesto más de 140 multas desde enero y muchas de ellas castigan conductas que deberían haberse corregido desde el principio como es circular por zonas peatonales a toda velocidad, transportar pasajeros en vehículos diseñados para una sola persona o manipular los patinetes para que corran más de lo permitido. Ni siquiera las sanciones frenan a quienes confunden la vía pública con un circuito privado ni en Burgos ni en ninguna parte. El problema va más allá de la gran dificultad de ejercer un control policial sobre el enjambre de los vehículos de movilidad personal, que deriva en la falta de control actual porque el hándicap de fondo es la falta de conciencia cívica y la ignorancia de las normas de circulación. Una parte de los usuarios desconoce las normas y otra las desprecia. Circular por las aceras, mirar el móvil mientras se conduce, llevar auriculares o cruzar pasos de peatones sin bajarse del patinete son escenas cotidianas que se repiten sin pudor. Esa sensación de impunidad ha calado, igual que la despreocupación con la que muchos conductores de coches siguen superando los límites de velocidad dentro del casco urbano. La convivencia entre coches, patinetes y bicicletas se ha vuelto un riesgo que nadie parece tomarse en serio. Hay avenidas que parecen autopistas. Una diferencia mínima en la velocidad puede ser la frontera entre un susto y una tragedia, pero seguimos mirando, y gastando, hacia otro lado. El tráfico de Burgos, o de Soria o Palencia o cualquier otra capital, es hoy el espejo de una sociedad que ha perdido el respeto al vecino de al lado, también cuando se conduce y mientras se sigue invirtiendo millones en campañas inútiles, porque nada ni nadie parece acertar con la clave del cambio social necesario, las sirenas de las ambulancias continúan sonando.

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