Diario de Castilla y León

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¿NO HAN LEÍDO este librito de Quevedo? Si no lo han hecho, tengo un problema por recomendarlo de sopetón. Y es que política, y filosóficamente, es muy fuerte. No es apto para lectores españoles del siglo XXI cuyos índices de formación política no pasan del Manual de resistencia de Sánchez, que hay que leer con notas explicativas a pie de página para que el pensamiento no encalle directamente en cualquier «solución final» como la Vuelta Ciclista a España. Las zahúrdas de Plutón de Quevedo es un monumento a la transgresión constante de todas las normas políticas, sociales, morales, filosóficas y religiosas de la España dorada. El sueño del Infierno que deja a La divina Comedia de Dante en una maravillosa historia de ficción tomista.

Cómo sería, que lo compuso en 1608, y hasta 1631 –23 años después–, no tuvo un editor que lo sacara al público en edición aseadita. Cada libro de Quevedo significaba un quebradero de cabeza. La casta política, incluido el rey, hacían esfuerzos para echarle el guante y llevarlo a chirona. Era insoportable hasta para su público. Miren qué decía a los lectores en el prólogo de Las zaúrdas: «Este discurso es el del infierno; no me arguyas de maldiciente porque digo mal de los que hay en él, pues no es posible que haya dentro nadie que bueno sea. Si te parece largo, en tu mano está: toma el infierno que te bastare y calla. Y si algo no te parece bien, errar es de hombres y ser herrado de bestias o esclavos». Así que escoge lo que quieras, tronco.

Hablar aquí de Las zahúrdas de Plutón –la palabra zahúrda en español, desde el siglo XV, significa pocilga, lugar inhóspito y desaseado– en relación con la política, o el sueño infernal de Pedro Sánchez para la España invertebrada, es de lo más acertado que, desde la literatura, podríamos hacer en este momento de descomposición política y de tiranía en varios frentes. Hace unos días –el pasado lunes 15– este periódico nos dio un notición: Pedro Sánchez había habilitado sus propias zahúrdas de Plutón, pero de un modo chulesco. Algo que, según Quevedo, es propio de «los cainanos, que alabaron a Caín» para asesinar limpiamente a Abel: escondió a su hermano David en la pocilga de la Moncloa, mientras fingía vivir en Portugal libre de impuestos. Bilocación infernal.

¿Se extrañan? No veo el por qué. En literatura y en filosofía, no hay nada que no esté dicho y escrito de igual, o modo parecido, por muy ladinos que sean los políticos, que no lo son, pues no hacen más que política de corchetes, quiromancia oracular. Estas tretas se las sabía de memoria Quevedo y también el por qué, pues todo reside en la pasta, en «dineros amontonados», decía, el muy hijo de su madre. Oiga, que no me lo invento, que lo de Portugal lo vivió don Francisco en su infierno hace siglos: «Esta fue la causa, y no lo que algunos han colegido de verme con botas, diciendo que era portugués, que es mentira; que yo fui...Y no me acuerdo bien de dónde me dijo que era, si de Calabria, si de otra parte». Qué gran concierto sanchunero y chirimoyero.

¿Cabe hacernos de nuevas con estos jueguecitos tan viejos? Por favor, que hablamos del infierno, ese lugar maravilloso donde la corrupción es un paraíso. Que el hermanísimo estuviera en Portugal y en la Moncloa a la vez es un atributo del maléfico. El hecho capital reside en una preguntita: ¿de dónde salió la pasta? De un majadero: del contribuyente. Quevedo se descojona, y argumenta sin piedad: «no traemos al infierno la hacienda maltratada, arrastrada y a pie, sino descansada, limpia y en coche». Exacto. Sánchez nos arrastra por los pelos hasta el infierno con un contrato de casamiento –las elecciones– que tiene una dote diabólica y un fin sin vuelta de hoja: toda la pasta es mía como «señal de corrupción» hasta… hasta la consumación de «lo corruptivo del fuego».

Éste sería el final de un recorrido achicharrante: ése en el que, según Dante, no cabe ningún tipo de esperanza –«lasciate ogne speranza»– para los moradores de ese infierno. ¿Pero cómo se ha llegado a esta situación política que algunos en estos momentos consideran irreversible? Quevedo lo señala en sus zahúrdas con toda clase de detalles: «con el honrado oficio» de la degradación desde el momento cero en el que el tirano de las zahúrdas se hace con el poder. ¿Pero de qué manera? Ah, pues también lo señala Quevedo: como «los puteoritas». ¿Y qué son los puteoritas? Este neologismo de don Francisco no lo recoge el diccionario, pero, digo yo, que se referirá a todo aquél que en la teoría y en la práctica vive del puterío como negocio intercostal.

Ningún político europeo ha vivido de este lucrativo negocio como Sánchez. Estaríamos, según los cómputos quevedianos, ante un «puteorita» de excepción en la evolución de la especie, pues «ser puta es ser justicia», y ser ladrón es la honra del chinche, que acaban en «doncelleces fiambres». Como en estos andurriales Quevedo no tiene secretos, se convierte en el vidente de las zahúrdas monclovitas. En las de Plutón hay también una madame que lleva con rigor las cuentas del puticlub del infierno: «Dije que una señora era absoluta,/ y siendo más honesta que Lucrecia,/ por dar fin al cuarteto la hice puta». No falta siquiera un Sabiniano como jefe de la banda: «Venía luego Sabino… hecho un padre de putas, prefiriendo las rameras a las honestas y la fornicación a la castidad».

Se lo dije: Quevedo es una bestia. Pero qué maestro haciendo de la corrupción política un infierno insoportable. No obstante, así se despide en su libro del lector como advertencia de esperanza: «los que están en el infierno no pueden tocar a los buenos». Yo añado lo que él también escribiría: delenda este tyrannía.

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