Diario de Castilla y León

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SIN LUGAR A DUDAS. Al menos para este menda. Una de las grandes aportaciones del tirano Sánchez a la revolución woke y al progresismo sin pausa –y que disfruta la España invertebrada e incendiaria con inmensa satisfacción–, es la política relajante del pikolín, que impusieron Pedro & Begoña desde el primer instante en el que se hicieron con el poder absoluto. ¿No lo recuerdan? Pues se publicó con toda clase de detalles, y como la cosa más natural del mundo. Antes de entrar en la Moncloa –¡repasen, la hemeroteca y comprueben!– cambiaron los colchones que había dejado Rajoy en su huida fulminante no siendo que fuera cierto lo que a este respecto dice el viejo refrán hispano: dos que duermen en el mismo colchón tienen la misma condición.

Que corra el aire, pensaron ambos. La real y sabiniana pareja, que desde la hora cero sabían de qué iba el rollo, lo hicieron con zotal, que era el desinfectante que se usaba en tiempos del franquismo para hacer limpieza a fondo, tanto en las cuadras de los animales como en las alcobas de la plebe. Claro está que estos modos radicales de hacer saneamientos, con cal viva y sosa cáustica, son viejísimos en la historia de la colchonería hispana. El marqués de Santillana, gran amigo mío, que hizo muchas camas a lo largo de su vida política, lanzó en el siglo XV esta recomendación relajante que luego pasó a su Refranero con gran desvergüenza y acierto: «a cama chica, si queréis remedio», poned sin más zarandajas un buen colchón, y luego «echaos en medio».

Mano de santo. Como al fin de cuentas de lo que se trata en política es de dormir placenteramente, y hacerlo además con infinitas ganas progresistas –en estas ganas kilométricas reside la gran variante industrial y literaria del colchonerismo rancio y ultra sanchista–, no dieron más rodeos. De inmediato fueron a lo práctico: ¿cómo, sabinianamente, se gana descanso, placer y pasta? Enseguida encontraron la respuesta en La Lozana Andaluza con este argumento progre y contundente donde los haya: «más quiero yo guerra que no peste, al contrario del duque de Saboya, que quiere más peste en su tierra que no guerra. Yo, si es peste, huyo de la ganancia, y si hay guerra, la ganaré con putas y comeré con soldados», y aquí paz y después gloria.

A pesar de este argumento de peso en la tradición familiar, Sánchez –que provenía del sector plásticos– no lo veía muy transparente. Alguien le sopló que aplicar la mano militar en cuestiones de cama y de colchón no es conveniente en política, pues basta con un petate. Y le señaló entonces que en la modernidad había un autor, llamado Joyce, que vio un fallo estructural en la argumentación de La Lozana. En el Ulises –le señaló el experto–, aparece un personaje que hace una denuncia oportuna, y que hemos de tener en cuenta en una democracia orgánica como la tuya, Pedro. Y le soltó la cita: esas imposiciones no son más que «las ganas de tiranizar de los rusos». Textual. Pues no se hable más: habrá que darle al tema un meneo de estimulación precoz.

En agua de borrajas quedaron las cosas. Hasta que un buen día, el firmante del Manual de resistencia –ese gran libro que deja a los tratados del ser de Heidegger, y a los discursos políticos de Churchill, en agua de colonia sólo para unos pedos ontológicos–, lanzó un eureka que desatascó la grifería de palacio y secó las neuronas de todo el establishment monclovita: ¡la tengo! ¿Qué? No sean mal pensados. No una mosca agarrada por el rabo, sino la solución colchonera para una España que dormita con el rabo entre las piernas, que es distinto. Todo un éxito, un monumental plagio industrial que Sánchez ha convertido en realidad política, en un modo de desentendimiento táctico, en un estado de pubertad permanente: «a mí plin, yo duermo en pikolín».

Hasta tal punto se ha impuesto la política colchonerista del pikolín sanchunero, que la oímos constantemente traducida en hechos montantes por todas partes, y aplicada a cualquier evento catastrófico o folklórico, y nada: como si no fuera con nosotros. Esta situación de emergencia pikolinera –que nada tiene que ver con la empresa zaragozana del mismo nombre fundada en 1948, y que hoy su eslogan publicitario es mucho más sutil con una pregunta realmente original: «¿Será el colchón? ¿O serás tú?»– la ha definido perfectamente en estos días de incendios devastadores mi amiga la señora Barcones. Según ella, a la consigna sigue una respuesta automática que «se activa sola».

En fin, que el tirano está por encima de todo y de todos, y le da exactamente lo mismo todo: él duerme en el pikolín que lo aguanta todo. Si arde España, la culpa es del cambio climático y de los españoles que no siguen las leyes que respaldan ese cambio climático. Si no llegan las ayudas a las víctimas, la culpa es de las víctimas que no saben hacer la o con un canuto. Si pierden sus casas, ganados, y paisaje, también le da lo mismo. Para Sánchez no es más que un cómodo y millonario recorrido en falcon desde la Mareta al principado de Andorra. Colchonería desvergonzada de la que se ríe con la misma altanería del soldado Compton en el Ulises: «Me parece que éste tío tiene ganas de que le partan la cara. Dale una buena, Harry».

Esta insolencia infame y desatada, la despacha Jorge Guillén con un brevísimo poema de cinco versos –concretamente en su libro Homenaje–, titulado Suma Tiranía, que es poesía pura, definitiva, letal y contundente: «Hay sólo una verdad. Sería tonto/ poner en duda “dos y dos son cuatro”./ ¿Oprime el infalible? Yo no monto/ la tragedia que veis en mi teatro./ Culpad a esa verdad. Yo soy su boca». Pues eso, que delenda est tyrannía, señoras y señores, y punto.

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