Diario de Castilla y León

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CON EL VERANO llega el calor. Con el calor, el mes de agosto. Y con el mes de agosto, seguido por un fresco septiembre, se presentan innumerables fiestas en los pueblos de toda la geografía española. Tienen particular arraigo en los pequeños municipios las celebraciones de las advocaciones marianas. Una de las la principales es la Asunción de la Virgen, el 15 de agosto. Junto a las festividades veraniegas de la Virgen, le siguen a la zaga, y no por ello menos importantes, las pertenecientes a los Santos y Santas de cada localidad: San Lorenzo, San Roque, Santa Mónica, etc. En definitiva, los festivos de cada población constituyen una ocasión única de cada lugar para darles alegría, salsa y cachondeo. Todo ello acompañado de caldos y productos ciertos de la zona. Las familias aprovechan para reunirse y dejar de lado el ajetreo de la convulsa vida urbanita. Música folclórica, danzas legendarias y vistosos atuendos procedentes de las costumbres de cada paraje, se convierten en el centro de atención durante unos días. Los componentes de las bandas de música, apenas subvencionados por los alcaldes y las alcaldesas, con sus instrumentos de viento y percusión, invaden las sinuosas y contadas calles, creando ambiente de festividad. En Castilla y León, las fiestas en los pueblos tienen especial vinculación con los lugareños, sus familias y antepasados.

Es sorprendente la fuerza que tienen las tradiciones. Pasan de una generación a otra sin solución de continuidad. Tienen algo de misterioso, seductor y mágico que el paso del tiempo no consigue hacer desaparecer por mucho que algunos se empeñen. Los vecinos de una localidad, villa o ciudad están fascinados por todo lo que rodea las aldeas, hasta el punto de que quién trate de eliminarlas, prohibirlas o cambiarlas, muchas de ellas ancestrales, va a tener un problema. El pueblo se puede quedar sin agua o luz eléctrica, sin urbanización o internet, pero su Santa, Santo, Virgen, fiesta o lo que tenga que ver con sus tradiciones, que no se la toquen, aunque la mayor parte de la población sea agnóstica, atea o no practicante. Lo tradicional, lo genuino de cada lugar, es sagrado. No deja de ser significativo que uno de los instrumentos para la revitalización del mundo rural tenga relación directa con la promoción, como instrumento turístico, de sus atávicas historias, de sus peculiares gastronomías y de su extraordinario patrimonio histórico-artístico.

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