Diario de Castilla y León

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Esta noche, miles de personas, muchas de ellas aliviadas por un rato del peso de la mochila, se congregan en la plaza del Obradoiro de Santiago de Compostela para disfrutar de los fuegos artificiales y el inicio de las fiestas del Apóstol Santiago, patrón de España. Hordas de turigrinos se percatarán, si es que se enteran, de que es fiesta nacional y gallega, pero, sobre todo, compostelana. Días de fiesta y cachondeo en esa ciudad, insoportable a menudo y tan cerca del corazón, a la que llegan todos los caminos de Castilla y León. Por muchos de nuestos pueblos de Burgos, Palencia y León caminan hoy, víspera del día del Apóstol, multidud de romeros que recorren con retraso la Ruta Jacobea. Santiago, su destino final, es hoy una ciudad extremadamente difícil de habitar, hostil a los coches por ideología y orografía, de transporte público muy mejorable y escaparate de nacionalismos de salón que la multitud de turistas y estudiantes no alcanzan a entender. Ojalá que en Castilla y León la deriva de las políticas extravagantes que tanto pululan hoy por los edificios de largos corredores de mármol y pasillos alfombrados no nos conduzcan a esa desenlace en el que una ciudad tan extraordinaria muere de éxito y negligencia.

Porque el éxito, sobre todo cuando se pesa en visitantes, es una medida tramposa. Santiago paga el precio de convertirse en destino global, con una presión grande sobre la vivienda, una convivencia compleja entre vecinos y visitantes y una economía tan dependiente del tránsito ajeno que cuesta encontrar autenticidad más allá del souvenir. Burgos, la ciudad más importante del Camino después de Santiago, observa estos movimientos con mezcla de ambición y cautela, pero también se sube a esa rueda. La reciente Copa del Mundo de Danza atrajo a miles de personas durante una semana vertiginosa. Fue un éxito organizativo, de público, de visibilidad internacional. Se llenaron hoteles y se dispararon las cifras de ocupación. Todo eso es necesario, deseable incluso. Pero también exige una mirada al largo plazo. Porque el turismo de masas siempre deja a alguien descontento. Sean los vecinos que no reconocen su ciudad o los comerciantes que no ven traducido el bullicio en caja o los hosteleros que sospechan que se les escapan los beneficios o que los buenos días no compensan los meses vacíos. También hay turistas convencionales, de esos que antes se llamaban de calidad, que miran con recelo la masificación o peregrinos de paso que sienten que el Camino se les ha llenado de algo que no estaban buscando. Y quizá ahí esté el riesgo. Que el Camino de Santiago, orgullo de siglos y columna vertebral de nuestra cultura, termine como una ruta más, despojada de sentido, ajena al silencio, invadida por un turismo alternativo que desconoce su verdadera razón de ser: la peregrinación. Santiago fue un apóstol que llegó a la península a predicar, no un guía turístico, y las catedrales de Burgos, Palencia y León no son un decorado sino una conversación de piedra con los cielos. Qué no se nos olvide.

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