Diario de Castilla y León

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AL CONSEJERO Quiñones le ha tocado poner orden y concierto en el PP de León, una jaula de grillos con las últimas urnas con más telarañas que ambiciones. Estaba predestinado para ello en los designios de Mañueco. Sólo faltaba que la flamante nueva número tres del PP de Feijóo, la leonesa Ester Muñoz, abriera sede vacante. De momento, Quiñones es camarlengo. Pero, congreso mediante, será purpurado. La urgencia le acucia. Tendrá que coser un partido hecho jirones en la segunda provincia más poblada donde reside el principal talón de aquiles electoral del PP de Mañueco. La estulticia del predecesor de Muñoz arruinó la opulenta herencia recibida. La desidia y la vagancia ocasionan estas consecuencias. Consecuencia de lo cual es donde el PP atesora menos poder institucional, a la par que convierte a la provincia leonesa en el principal bastión de los socialistas. Los populares gobiernan, no sin apuros, Ponferrada y poco más, incluida Astorga y La Bañeza. Un erial que no es culpa de Muñoz, pero que tampoco hizo excesos por enderezarla el rumbo. A Quiñones le precede su capacidad de entendimiento y diálogo, además de la autoridad que le confiere ser leonés en el ejecutivo autonómico, donde siempre habrá un leonés, pero no más de un leonés. A la vuelta de la esquina tiene las autonómicas de marzo, con el partido deshilachado y una facción crítica, la de Javier Santiago Vélez, trabajador incansable, más fuerte y dispuesta que la oficialista, que está a verlas venir. Enfrente un PSOE descompuesto a cada paso. Y una alcalde socialista en la capital que trabaja con ahínco para que se estrelle la lista de la vicesecretaria autonómica de su partido, Nuria Rubio. Y de fondo, una UPL de Luis Mariano Santos, agazapada a coger los restos de los naufragios, a la vista de que VOX ni está ni se le espera en el Reino, porque Pollán quiere y de uno y Suárez Arca no quiere de tres en la cremallera electoral.

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