Diario de Castilla y León

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A ESTO ASISTIMOS atónitos el miércoles pasado en la sesión del Congreso de los Diputados en directo y sin pinganillo. Sin medias tintas y capullitos de alhelí, se acabó el dominio mangonero de la doble moral progre, y el complejo de la derecha ante una estética remendona y subsidiada que ya no aguanta su propia corrupción. Por primera vez –ya era hora– las cosas se definieron por su nombre. Al ladrón se le llamó mangante con palanca y sin guante blanco, y al putero delincuente proxeneta sin apósitos en pornografía pura. Lo cual no deja de ser interesante en términos maquiavélicos: «si atacas al poder, ten la seguridad de destruirlo». Y si no la tienes, cállate.

Algo inédito en un Congreso de los Diputados –monopolio antiespañolista– secuestrado hasta aguantar todo lo que le echen con tal de que a fin de mes les caiga a sus señorías la gran manduca por poner el dedo en una tecla y votar lo que el apaño pierde en las pocilgas del poder. Les importa un huevo que, de vez en cuando –este sería mi caso–, recordemos lo degradado que está el término diputado: a ver repita conmigo: ¡di puta do re mi fa sol la si do! O que recordemos aquí –también mi caso– la sátira mordaz que la España postergada del XIX cantaba en la Carrera de San Jerónimo: «No sé pa qué quieren leones/ en la puerta del Congreso,/ si para robar a España/ basta con los que están dentro». Tal cual.

 Después de dos siglos, y tiene huevos la huevera, resulta que en el mismo edificio –tradicionalmente llamado Congreso–, y con la misma clase política –mejor llamados Diputados que suena a olla podrida no por la palabra en sí, sino por el mal uso que de ella hacen los amos y usuarios del cuchitril–, los españoles de la era digital volvemos a ser rehenes, excluidos, y a tener el mismo problema: que los que están dentro de ese Congreso se han erigido en mafia, en el blindaje de un tirano y de una tiranía. Para ello han construido un murallón de latrocinio impenetrable, una red clientelar y puteril de leyes que declaran a la Constitución inconstitucional, y al ciudadano libre en enemigo preferido de las libertades democráticas.

Estamos, pues, ante un peligro encadenado y de lamentos inútiles. Primero, ante un tirano sin escrúpulos como Sánchez que hace del yo y del narcisismo una virginidad totalizante: soy el más honrado, y mi gobierno es el más impoluto de la historia, creyéndose, además, sus propias mentiras. Su suerte hasta ahora ha sido infinita. Ha contado, segundo, con una oposición en babia y neutra: cero oposición de facto. Tercero, ha tenido la opinión pública más complaciente y bobalicona, haciéndose preguntas de mampostería churrigueresca: ¿para qué tanto león en bronce, tanta escalinata, tanto escaño forrado de eskay mágico anti almorranas, tantas votaciones, tanta discusión inútil?

¿Para qué va a ser, hijo mío? Y perdón por este paternalismo tan condescendiente y propio de los primeros auxilios. Pues para robarte mejor, para putearte más y de putísima madre, para demostrarte que en política con tres que se monten contigo en un mismo Peugeot para recorrer las casas del pueblo, uno de ellos –o sea yo– tiene que ser el puto amo. Con cojones demostrará, además, lo evidente: 1, que el robo generalizado no es más que una sensación de bienestar; 2, que donde ves un barranco, construye un puente colgante; 3, donde intuyas una puta, coloca a una sobrina; 4, que donde exista una cima, ahí cimenta el poder progresista; y 5, que este poder será absoluto, y el resto de alturas al despeñadero.

Impresionante e inconcebible en política democrática. Así que hasta ahora –hasta el miércoles pasado que no antes–, el señor Feijóo ha estado deshojando esa margarita desdichada que Voltaire puso en las manos de todo político pusilánime –que no prudente–, para demostrar al ciudadano su equidistancia, su centralismo que sólo depende de los partes meteorológicos, y sus exquisiteces de principiante que –no sabemos por qué razón coherente– nunca entra al trapo, eludiendo esa parte magra y degradante que el filósofo de las luces englobaba en el capítulo desolador «de las enfermedades del espíritu humano». Así que el choteo del tirano ha sido homérico: este gallego no tiene maneras ni agarraderas. Claro que no.

Hasta que el miércoles, cuando la porquería rebasó con creces los escaños del hemiciclo, el gallego Feijóo reventó las cañerías. Así le ocurrió a la Lozana Andaluza en el Mamotreto XXXIII, que algunos críticos literarios llaman sin piedad el capítulo de los cojones 33: «¡Buen olor lleváis vos para trinchar: id oliendo a mierda perfecta!», decía la gran cortesana con toda dignidad. Y entonces Feijóo le soltó al tirano Sánchez lo que todos sabíamos del puterío sanchista, fundado en las sospechas vergonzantes de quien, familiarmente, forma parte de una red de proxenetas: «¿Pero con quién está viviendo usted? ¿Pero de qué prostíbulos ha vivido usted? Partícipe a título lucrativo del abominable negocio de la prostitución».

En el denostado Congreso de los Diputados, o de los cambalaches perpetuos, habíamos oídos incluso amenazas de muerte en los momentos previos a la trágica guerra incivil del 36. Pero nunca que un Presidente del Gobierno fuera el integrante de una banda de enflautadores y de coberteras en pelotas. Nunca. Lo que –automáticamente y ya era hora– inaugura la voladura del tirano en la más sensible de las corrupciones que Churchill consideraba inaceptable en democracia: «para los socialistas hacer ganancias es un vicio, pero yo creo que su verdadero vicio es el no procurar evitar las pérdidas». Lo más normal en el tirano Sánchez que de la prostitución y de la inmigración ilegal hace ganancias. Delenda est tyrannía.

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