TIERRA ADENTRO
El bar de la estación
A VECES, cuando ya no puedo más, recurro al libro gordo de las mil mejores poesías. Cojo el primer tren en verso. Sin billete. Paso la hoja y leo aquello de: “Habiéndome robado el albedrío un amor tan infausto como mío, ya recobrados la quietud y el seso volvía de París en tren expreso”. Suelo cambiar la ciudad de salida y la de destino y si la viajera me da pena o grima, cambio de vagón y punto. Con el permiso de Campoamor. El tren de la vida es así de jodido. Mientras el mundo se resquebraja y los países cómodos y ricos ni se imaginan lo que les espera, aquí, en España, sorteamos las piruetas de un modelo político que se amarmota en sus corruptelas. Cada mandatario es un gasto hipotecario que pagar Dios sabe cuándo y a quién. Y todos felices. Hasta los infelices. Cuatros años serían suficientes. Así no les daría margen para ese empeño en cambiar, innovar, modernizar, globalizar, ‘sostenibilizar’ y que andemos todos en bicicleta por alfombras de cubiertas vegetales. Nunca debimos consentir que se cerrara el bar de la estación, ni que despidieran al guardagujas. En este España mía, donde hasta los gorriones están en peligro de extinción, llena de impertinentes apátridas a bordo, no tardará en sonar el viejo verso épico aquel que dice: “Oigo patria tu aflicción y escucha el triste concierto”. Juro que hay tardes que oigo el rugido de león con melena de centellas de la vieja máquina del tren cual “sierpe que sale de su nido”. Me presta el poeta asturiano. Las viejas estaciones de tren abandonadas son tratados de melancolía de la ruina. Ilusas, siguen esperando desde hace 25 años que pase el tren. De P. Tinto. Que no volverá jamás. Le hemos pinchado las ruedas y arrancado las venas de hierro. Pero el camino sigue. Aguanta como la cañada, protegido con pinzas, pero salvado de la desintegración. En tiempos de senderismos, senderistas, maratones y rutas culturales y siderales y tanto defensor de los paisajes culturales y sus rutas ecológicas, me parece una vergüenza que no seamos capaces de rescatar la dignidad de la vieja estación abandonada. Peor aún, olvidada. Aquellos edificios con nombre de pueblo en cerámica y un reloj con negras manecillas sobre fondo blanco se esfumaron de nuestra memoria histérica. Aquellas que un día fueron a golpe de silbato la pena y la alegría, el abrazo feliz de bienvenida y el triste adiós. Ahí están viendo pasar el tiempo en sus vías verdes de roja zahorra. Y es que en este país desnortado que se apaga y enciende al antojo de unos cuántos inconscientes, hemos pasado de ser vieja locomotora ruidosa y lenta que echaba humo a que ni las vacas se fijen en el ave al pasar. La otra tarde volví a la estación de mis sueños. El tren no vino. Y el bar de la estación estaba cerrado. Para siempre.