Diario de Castilla y León

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ME SORPRENDE que sean tantos los políticos españoles que siguen teniendo miedo a la democracia. Y que siguen buscando estructuras y atajos para librarse de lo que en realidad piensan una gran mayoría de ciudadanos que tienen todo el derecho a decidir, y a señalar el camino más recto para regir con holgura los destinos de España. La democracia es la palabra mágica que llena la boca de muchos gobernantes que no creen en la democracia; y que sienten el apego impío de quienes pretenden gobernar por encima de lo que piense una gran mayoría de ciudadanos. Son los políticos que creyéndose demócratas y asegurando que regenerarán la democracia, encumbran y veneran a dictadores como Maduro que usurpan el poder hablando de democracia.

El diálogo constante de la buena literatura democrática queda arrinconado cuando se utilizan recursos que usurpan los derechos de los que simplemente deseamos vivir en libertad. De quienes creemos que la justicia no ha de estar contaminada por la política, y que los conflictos sociales interesado no han de estar por encima de la auténtica voluntad de decidir en las urnas para elegir quien gobierna. La democracia es cordialidad e incluso inspiración. Late en la facultad de renovar los resortes de un Estado que ha de pervivir en «alternancias» para que nadie se sienta un redentor o le de por erigirse en defensor de los que no deseamos que nos defienda. Es el caso de Zapatero.

La democracia es certeza y a la vez es cordura. Es reflexión que ironiza ante los que se van haciendo protagonistas de sí mismos y se llegan a creer imprescindibles. La democracia española está pasando por momentos de hastío, porque los gobernantes actuales no creen en la alternancia en el poder. Porque meten miedos ridículos y utilizan relatos muy politizados para sentirse protagonistas del presente. El miedo es razonable cuando se desea intervenir en asuntos que no competen a los políticos y que forman parte intrínseca de ese universo que palpita en la libertad individual que solamente pertenece a un individuo. Hoy no vivimos en un Estado-rémora que procede del franquismo.

Vivimos en la plenitud de un Estado en el que hace décadas se vive en democracia, y, naturalmente, en un Estado en el que esos procesos y esos pensamientos reivindican la aceptación por parte de los demás. Reivindican el derecho a que a quien NO ha votado por un partido político determinado, pero ha ejercido su voto con solemnidad, tiene derecho a que el gobierno elegido en las urnas, sea su legítimo gobierno. Pero la democracia española está de capa caída, se ha ido pulverizando a lo largo de la presente legislatura porque pretenden silenciarnos de diferentes modos.

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