«El alma de las almas»
EL MIÉRCOLES, en una tarde primaveral pletórica de nacimientos, falleció en Valladolid Ramón García Domínguez. Gran escritor, fidelísimo amigo, y tan buenísima persona que no creo que exista en el mundo de las letras alguien que ostente semejantes atributos en grado superlativo. Honradamente, puede que exista, pero yo no lo conozco. Todos esos valores de riqueza cuántica hoy están en entredicho, o tan degradados, que ya no sabemos cómo aplicarlos en una sociedad zarandea por la frivolidad, por las medias tintas, por la politización extrema.
Ramón García tenía el distintivo de la excepción, de la altura. Efectivamente, era un gran escritor no sólo por haber ideado cantidad de libros –cuyo recuento resulta ocioso mencionar aquí–, sino por una razón fundante: creía en el don de la palabra. Sí, de esa palabra justa que nunca rebasa el vaso de la moderación. De aquí que su conciencia de escritor pendiera siempre de una ética estricta, ausencia absoluta de palabras ociosas, y de una amabilidad blindada. Qué sé yo, como si respondiera a lo que dice Mateo en XII, 36: «De toda palabra ociosa que hablaren los hombres habrán de dar cuenta el día del juicio».
Era un amigo tan fiel, que nunca quebrantó esta firmeza tan cervantina. Nunca. Ni siquiera cuando algunas causas, por las que luchó con tanto ahínco y durante tanto tiempo, le fallaron estrepitosamente. Ramón, hasta el último suspiro, mantuvo esa pureza de la amistad, que «es el alma de las almas», como escribía Lope en su obra El amigo hasta la muerte. Pero ante todas las cosas, Ramón fue una buenísima persona siempre en estado de superación constante. Algo inimaginable, grande, y colmadísimo en décadas de humanidad en vena. Descansa en paz, buen amigo, descansa en paz.