Diario de Castilla y León

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O MOPONGO el mundo por montera begoñera. Aclaremos, primero, la deposición del titulito que suena a cachondeo, a mala imitación sacada de las misteriosas bandas sonoras que, según los espiritistas, salen de los hondones del yacimiento de Atapuerca. Pues ni lo uno ni lo otro. Tampoco se trata de un neologismo que obedezca a la necesidad imperiosa que tienen los filólogos por crear palabras nuevas para definir un nuevo concepto o realidad que no cabe en el diccionario de la lengua, ni en el desvergonzado Diccionario secreto de Camilo José Cela. Nada de esto.

Se trata de una creación política y de máxima actualidad. Tan reciente, que se puso de moda hace ocho días. Proviene, directamente, de la sanchunez más imperiosa y profunda, que hace del lenguaje una experiencia mística, una voladura intergaláctica, un klínex absorbente y cosquilleante que recoge la basura espacial del mundo y de las galaxias colindantes. En resumen, que esto de mopongos y mopongorías es un fenómeno lingüístico de primer orden para el que se necesita–según Gracián en El criticón II, 210– «grande pie y grande oreja, señal de grande bestia».

El palabro tiene autora y el pertinente registro en la SGAE: doña Marichusma Montero, Vicepresidenta y ministra de Hacienda del Gobierno Sánchez que, según rumores, ya tendría reservada plaza en el sillón M de la RAE, que dejó vacante Carlos Bousoño. Como si estuviera en La Boquería de Barcelona –donde se vende a gritos el pescadito limpio y con perejil–, soltó el hallazgo en el congreso del PSOE en Málaga –30 de marzo–, bajo el lema «Málaga por delante», en contraposición a Málaga por detrás, que nos llevaría a los andurriales más escabrosos de Quevedo, y no es este el momento preciso.

Despejado el copyrigh, hagamos, en segundo término, algunas precisiones conceptuales y de uso. Se trata de un vulgarismo en el más amplio sentido del término: allí donde la lengua, honestamente, pierde el cacareo con el ¡pitas, pitas, pitas!, que elevó la Celestina hasta la cresta más peleona del gallo perico. Es decir, que «mopongo» no es más que una vulgar corrupción del idioma, un himno de la alegría que sale de una gallina clueca –a punto de empollar, dicho sea con todos los respetos–, que tiene una doble significación según la gallina se acueste en el nidal: me opongo al gallinero o me pongo en el varal más alto del mismo.

Una acción culminante que procede del verbo mopongar, y que tanto en andaluz de Sevilla como en el román paladino de Valladolid significa me opongo a todo por sistema o me pongo todo por montero o por montera que viene a ser lo mismo en cetrería. De aquí algunas derivaciones como mopongonaje: sistema político en democracia orgánica, que consiste en hacer lo que da de sí el personaje. Mopongoría: lugar de la Monkloa dedicado a tiempo completo al mopongonaje y a las correrías. Moponguero o moponguera: dícese de la persona de ambos o de triple sexo que, manguera en mano, aplica el mopongonaje.

Vayamos, en tercer lugar, a la praxis de este negocio lingüístico que –durante la semana pasada y el comienzo de la presente– ha ido, como el juego de la oka, en paneles fotovoltaicos del mopongo a la moponguería, y de ésta al moponguero con la fluidez del cohete para ser respetuosos con la ideología sanchunera y moponguista. Tres han sido los soportes híbridos de esta aventura policristalina que lleva de cabeza a la recesión totalizadora: el fin constitucional de la presunción de inocencia, el chiringuito de las universidades privadas también constitucional, y el de los aranceles de Trump que se declararán anticonstitucionales en cuanto Sánchez quiera.

El intento anticonstitucional de cargarse la presunción de inocencia, y a cargo de la moponguera Marichusma, ha sido un mondongo tripero de proporciones pantagruélicas. No ha habido asociación de jueces que no haya puesto el grito en el cielo. Normal. Hasta en las dictaduras más sanguinarias, un acusado es un presunto inocente hasta que un tribunal mopongueril ad hoc no lo juzgue. La Vice intentó rectificar, pero imposible. Las pizpiretas son mopongochulas por definición hasta el virgo de la Bernarda. Como decía Einstein, toleran «el invento de la bomba atómica, pero no que un ratón construya una trampa para ratones».

Con la misma desvergüenza troncal y mopongonera –porque le sale de la cojonera y ya está– ha saltado la supresión de las Universidades privadas. No hay por dónde agarrarlo ni constitucional ni política ni conceptualmente como libertad de enseñanza propia en una democracia. Sólo un sectarismo mopongoaberchalista, como el sanchuno, se ofusca con el fracaso de una política universitaria que no es para todos desde el momento que excluye a quienes no piensan o atracan como ellos: si las matemáticas, la medicina o la investigación no son inclusivas, wokes y mopongobegoñeras –cátedras con bachillerato–, no caben en la universidad pública.

En cuanto a los aranceles de Trump estoy pillado. No tengo mopongorística idea de finanzas, y menos de la evolución de las bolsas de Wall Street o de otras. Sé lo justo: que la recesión y la cesta de la compra me acechan y me acojonan. Percibo una situación precovid, y que, con el apoyo de una oposición a uvas, la domina Sánchez desternillante y atornillantemente. Huelo que al tirano se le está poniendo la misma cara de Pinochet cuando declaraba en el Canal 22 de Miami esta mopongohijoputez: «Me considero un ángel. Reflexionando y meditando, soy bueno. No tengo resentimientos, tengo bondad. No me considero un dictador, sino un ángel patriótico». Vamos, que tenemos un mopongo tyrannosaurus rex que se pone el mundo por montera begoñera.

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