TIERRA ADENTRO
Mambrú
SUENAN TAMBORES de guerra. Manido titular y anuncio interminable. Los que vivimos en tierra mesetaria de interior, sin bases de submarinos nucleares, parece que estamos fuera de peligro. Parece. Llevamos escuchando la tamborrada media vida. Vietnam, Corea, el Golfo, los Balcanes, Oriente Medio y ahora, con un estruendo real y sangriento, Crimea y Gaza. Dicen los que saben de esto que la guerra es una mancha que no cesa en el planeta. Pero es algo que a los mesetarios apenas nos preocupa porque estamos lejos. Aunque estemos más cerca que nunca. Todos somos hijos de una guerra desde la niñez. Aquellos que tuvimos la suerte de oírla contar o informarnos de mayores, no sufrimos en nuestras carnes la crueldad y la locura de un conflicto bélico. Suertudos en esto. Nosotros vivimos la guerra cantando. Unos con las banderas al viento y otros con el frente de Gandesa. Los de mi generación, todavía hoy, somos capaces de tararear la melodía de una canción infantil muy popular que vino de Francia, Marlbrough s'en va-t-en guerre que en su versión española es la de Mambrú se fue a la guerra… qué dolor, qué dolor, qué pena. La canción, entre do-re-mi y do- re- fa cuenta la historia del pobre Mambrú, que terminó en una caja de terciopelo y tapa de cristal con tres pajaritos cantando el pío pío. La escuché en el patio de la escuela y en casa. Y, gracias a la voz de Joaquín Díaz en su cancionero tradicional, ya está incrustada para siempre y para todos. Aunque uno no es mayor en exceso, admito complacido que he entrado ya jubiloso por la puerta de atrás en la tercera división, la de las edades del hombre, con minúscula, la otra es la de los obispos. Fui un niño raro y cotilla, siempre anduve zascandileando por donde no debía. Y una de mis aficiones fue ejercitar lo contrario de lo que hago ahora: callar y escuchar a hurtadillas las conversaciones. Era como jugar a los espías. Hoy, al pulsar esa tecla de la memoria habida, salen frases y dichos e historias deshilachadas que saben a gloria bendita por cuanto tienen de memoria histórica de la guerra y la posguerra. Todos, zurdos o diestros, y los que no fueron de ninguno sufrieron las guerras y tienen su propia memoria histórica de ese tiempo pasado que no fue mejor. Recuerdo que por lo general nunca se hablaba del asunto, había muertos por el medio y mucha pena. Y mucha rabia contendida. Mi tío Javier murió en el frente nacional. En el otro combatían sus hermanos. Así fue nuestra guerra. Pero hay algo que nunca olvidaré: la cara de alegría inmensa de mis abuelos cuando nos veían comer recordando el hambre que pasaron nuestros padres de niños. Por tanto, habrá que ir pensando en construirnos un búnker mesetario y una gran fresquera para cuando venga el hambre. Que vendrá.