TIERRA ADENTRO
Espera, que miro la agenda
TIENE UNO la impresión de que la agenda te roba, que las citas en el calendario se multiplican como por arte de magia. Este fenómeno de estar citado de continuo no es cosa de altos ejecutivos, gestores, políticos de todo perfil o profesionales liberales. No, señor, resulta que las agendas nos martirizan sin piedad. Cualquier mindundi antes de quedar contigo, aunque sea para tomar unas cañas – sin alcohol-, te dice eso de: “Déjame, que miro la agenda”. Y te espeta: “Ese día, no; al siguiente, tampoco, pero al otro sí que podemos tomar un chisme donde me digas”. En este fenómeno de hurto de libertad y apresamiento de voluntades tiene mucho que ver el puñetero móvil que todo lo sabe, todo lo birla y si se te olvida, te lo recuerda. Nada para lo que se nos avecina con esa inteligencia que no necesitó pasar por Salamanca y que es capaz de crear en siete segundos lo que Dios creó en siete días. Y lo que vendrá. Claro que siempre te queda una opción y es largarte de la empresa, dejar la gestión, dimitir, cerrar el bar o la oficina, e irte al pueblo. El que lo tenga. Y, por supuesto, tirar el puto móvil al río y en el caso de que no pase arroyo, por acá, a la escombrera, que siempre está localizada. Digan lo que digan. Pero lo jodido es que tarde o temprano los geolocalizadores encuentran el celular, siguen la pista como un buen rastreador de Hacienda (somos todos). Y aparecen una mañana de otoño en tu pueblo. A la puerta del bar o del ayuntamiento. Hasta que abran la Consistorial y Mariano, el del bar, enciende la cafetera. Te pillaron. Y lo largan todo: “Sí, es aquí y está empadronado. Y sí, señor, venía encabronado de la ciudad”. ¡Bingo! Te encontraron en el único censo que jamás pensaste que buscarían. Se habla de reducir jornadas laborales, que está bien, de subir los salarios, que está mejor, y de trabajar entre todos para trabajar todos menos. Buena teoría económica que busca el placer a lo Tomás Moro y su ciudad soñada. Todo ello no está mal, y querámoslo o no, las nuevas tecnologías, o esas “brujerías” que diría madre, darán al traste con la manufactura, con la mano de obra y con el sindicato. Sobraremos más de la mitad. De la mitad. Y sólo los que nos escondamos en los pueblos nos libraremos de la cartilla de reclutamiento que, como la mili, volverá tarde o temprano como lo hicieron las oscuras golondrinas. Por cierto, ahora ya no vienen, ni vuelan fugaces, ni crían a sus golondrinitas. Les hemos quitado los nidos de nuestros aleros. Pagaremos por ello. Y, volviendo al sueño de la cita y la agenda, sugiero un cambio radical en los apuntes. Que sólo andemos pendientes de cuándo sale el sol y se esconde la luna y, así y por supuesto, de cuándo vuelven las golondrinas.