Diario de Castilla y León
Antonio y Manuela Arévalo, junto a Reyes Martínez-Sagarra, enóloga de la bodega.

Antonio y Manuela Arévalo, junto a Reyes Martínez-Sagarra, enóloga de la bodega.E.M

Javier Pérez Andrés
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Hace ya muchas décadas que pisé los arenales bajo la sombra de los pinares de Matapozuelos, en Valladolid. Un término municipal incluido en el ámbito geográfico de los vinos de Rueda desde el inicio del Consejo Regulador. Fue a finales de los 80. Quedaban algunas viñas y todavía cocía el mosto en el interior de las viejas bodegas subterráneas. Cavidades atemperadas con sus cimbreados de ladrillo bajo el manto del arte mudéjar. Me encanta recurrir al pasado y a una parte de la historia del vino tan reciente en mi tierra. Por eso hoy recuerdo aquellos tiempos en los que se abrió el melón de la Denominación de Origen y de su Consejo Regulador. Mediados de los 80. Y todo empezó a cambiar. Cambian las prácticas culturales. La viña es analizada, arrancada y replantada. Llegan las nuevas plantaciones y las nuevas tecnologías se encargan de desnudar y sacar a la luz un verdejo oxidado y sin flor, siempre vestido de traje de roble oscuro. Eran los 90. Y todo cambió para bien. Y en Matapozuelos cogieron el testigo Antonio Arévalo y Benicio García. Juntos fundaron la bodega Garciarévalo. Treinta y cinco años después, las mismas familias siguen al frente, con la misma uva, el mismo suelo y la misma sangre. Antonio y Manuela, los dos hermanos Arévalo, son conscientes del peso que supone continuar y engrandecer el legado recibido de los García y de los Arévalo. Reyes, como enóloga de la bodega con más de quince vendimias a cuestas, es la responsable de ajustar los diseños de unos vinos que tenían que salir a competir al mercado adaptándose al momento actual. Así nacieron Tres Olmos, Viña Adaja, Casamaro y Harenna, una trilogía de roble, tinaja y sustrato centenario según la bodega. Y es en la copa donde esta bodega ha demostrado su vocación de futuro garantizado por una infraestructura provista de todos los elementos para cubrir las fases de elaboración, de recepción, fermentación y crianza. Todo ello sin olvidar que debajo de las entrañas de los modernos edificios se encuentra el pasado, la centenaria arquitectura popular del vino. Bajo tierra y en silencio. Como no podía ser de otra manera, ya forma parte de la oferta cultural y turística de Garciarévalo. Esta bodega, acogida a la Denominación de Origen desde el principio, puede llegar a elaborar una media de 800.000 botellas. El 90%, vinos blancos de uva verdejo y pequeñas partidas de viura y sauvignon y algo de tempranillo. Aún recuerdo aquellos tintos Torrevieja en las épocas de Tierra de Medina en las que Antonio Arévalo defendía uno de los primeros tempranillos de la década. Aquel Torrevieja, o la Torrevieja, en la que, si no me equivoco, andaba por aquel entonces Eulogio Calleja. Uno de los aspectos que convierten a esta bodega en una oferta sólida en el territorio es que cuentan con cien hectáreas de viñedo propio. Algo que les garantiza la materia prima y el perfil diferenciador de todos sus vinos en función de los suelos y las zonas. Todas, según Manuela, dentro del término municipal de Matapozuelos. Las variedades sauvignon y viura siguen aportando un matiz diferenciador y la tinta tempranillo, ese rasgo histórico de la casa, a cuyos polifenoles no renuncian las nuevas generaciones. El diseño de las etiquetas de la bodega en los últimos años ha contribuido a una imagen más moderna y creativa que, de alguna manera, se ajusta al tipo de vino, como ese rosado frutal, ese verdejo Borrón con su toque dulce o un Casamaro que sostiene, junto a la verdejo, la vieja viura que aún no ha desaparecido. Los Tres Olmos y el Viña Adaja son verdejos con toda la expresión de la palabra en todas sus constantes. Una bodega que navega con viento a favor entre el Adaja y el Eresma.

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