Diario de Castilla y León

BURGOS

Uva, ciencia, vino y arte

La historia de Carmelo Rodero es un ejemplo de cómo el amor por la tierra, la innovación y la fe en uno mismo pueden convertir un apellido en una marca de vino de prestigio

Carmelo Rodero, en la viña, flanqueado por sus hijas María (ida), Responsable Comercial y ventas y Beatriz, Directora Técnica y enóloga de la bodega familiar.

Carmelo Rodero, en la viña, flanqueado por sus hijas María (ida), Responsable Comercial y ventas y Beatriz, Directora Técnica y enóloga de la bodega familiar.Lutton Gant

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Escuchar las palabras de alguien que ha escrito desde cero la historia de una de las bodegas más emblemáticas de la Ribera del Duero como Carmelo Rodero es empaparse de una sesión de mentoring en vena. Su voz es el reflejo de un hombre hecho a sí mismo, un ‘viñador de raza’, o de pura cepa, nunca mejor dicho. Su vida ha estado ligada a la vid y al campo. A la agricultura y la ganadería. Procede de una familia de viticultores «humildes», como él mismo apostilla. Gente sencilla de la de antes que cultivaba uva para autoabastecerse. Carmelo fue un niño al que le gustaba escaparse de la escuela y salir al campo. Con tan solo 11 años se ocupaba del rebaño de ovejas de sus padres. «Era feliz, disfrutaba como un enano», recuerda. Sus padres intentaron que se forjara una vida lejos de la dureza del campo, lo internaron en un colegio de Burgos. Pero su rebeldía, su tenacidad o el hecho de tener las ideas claras le llevaron a coger un autobús de vuelta al pueblo a los 15 días. Comenzó casi de la nada, pero sobrado de talento y mucha ilusión. Sus abuelos fueron socios fundadores de la Cooperativa Vinícola de Pedrosa de Duero. «Pisábamos el vino con los pies, todo aquello me ilusionaba», rememora. Su historia parece sacada de un libro o una película de superación y desarrollo personal por su mente despierta y visión para los negocios desde que era un niño. A los 14 años se fue a Aranda de Duero a comprar una empacadora ante la sorpresa del vendedor de maquinaria agrícola. «Siempre hay que utilizar el ingenio. Mis padres tenían ovejas y cerdos y me di cuenta de que los que le vendían la paja ganaban dinero. Entonces no lo dudé, les dije a mis padres que había que comprar una máquina», comenta. A los 17 años adquirió un tractor y a base de trabajo, olfato y un instinto financiero innato, facturó en un año lo que a su padre le hubiera costado una década de esfuerzo.

Carmelo es un hombre sencillo que desprende sabiduría en cada lección aprendida. Enseguida se percibe que nada le ha venido regalado, que se ha labrado él solo el sello de su bodega. La calidad de su viñedo le llevó a vender uva a la mítica Vega Sicilia. Durante 14 años mantuvo estrecha relación con la emblemática bodega fundada por Eloy Lecanda. Pero Carmelo tenía otro sueño: hacer su propio vino, con su firma, con su carácter. En 1989 decide emprender el vuelo en solitario. Fue un salto al vacío, arriesgado, en una época en la que no todos creían que un pequeño viticultor pudiera competir con las grandes casas de la Ribera. Su pasión por el terruño lo llevó a adquirir viñedos. «Empecé a plantar viñas con 17 años y ahora tengo 71», comenta con su franqueza habitual en una visita a su bodega. Contra todo pronóstico, lo logró. Apostó por la calidad, por el viñedo propio, por la selección rigurosa y por una vinificación moderna pero respetuosa con el terroir. Su conexión con la tierra se combinó con una mentalidad abierta a la innovación. Introdujo tecnologías pioneras y se rodeó de un equipo técnico. Pero, sobre todo, nunca dejó de caminar entre sus viñas. «Todo lo que tenemos se lo debemos a la tierra. Solo hay que saber escucharla», suele decir Carmelo. Y es que, en cada copa de Rodero se percibe que hay una vida dedicada a hacer las cosas bien, desde el origen.

Carmelo es un hombre recio, castellano auténtico al que le gusta cuidar a su gente, es amigo de sus amigos, persona seria en los negocios, minuciosa en el trabajo, exigente en los detalles y cercana en el trato. Desprende carisma por su sencillez. Orgulloso de su familia y sus orígenes, muestra la bodega que ha sido testigo de su evolución en este tiempo, donde convive la tradicional con unas modernas instalaciones dotadas de la tecnología más puntera. Nada de esto se entendería sin la labor de Elena Oña, que se ha mantenido paciente en la sombra.

En la actualidad cuenta con 173 hectáreas de viñedo propio de distintos tipos de uva (además de tempranillo, cultivan cabernet sauvignon o merlot) que se reparten en un mosaico de parcelas entre La Horra, Gumiel de Izán, Gumiel de Mercado, Pedrosa de Duero o Aranda de Duero. Realizan vendimia manual. Emplea barricas de roble francés —duelas de grano fino, seleccionadas una a una—y nunca de más de dos años para preservar la frescura del fruto. Mientras paseas no es extraño escuchar música clásica o cantos gregorianos lo que aporta un halo místico que roza lo celestial. «Así descansa mejor el vino. Al final es un ser vivo».

Desde 2008 Beatriz, su hija, es la responsable de velar por la evolución de cada añada. «Mis hijas son más inteligentes que yo». Beatriz es enóloga, después de estudiar INEA se formó en Burdeos donde obtuvo el Diplôme National d’Oenologue Saint Émilion, y ha desarrollado una carrera de éxito en otras zonas de prestigio como Napa Valley y Sudáfrica. María también se incorporó a la empresa. «Es una gran estudiante. Hizo empresariales, le apasiona el marketing, las relaciones públicas y las ventas», relata. El 70% de la producción se comercializa en el territorio nacional y el 30% se destina al mercado internacional. «Estamos presentes principalmente en México, Puerto Rico y República Dominicana».

Vinificación por gravedad

Una de las señas de identidad que ha caracterizado a Carmelo Rodero en estos años ha sido su curiosidad innata, su vocación por innovar y experimentar nuevos métodos que perfeccionen el proceso de elaboración del vino. Uno de ellos es el de vinificación por gravedad (sistema OVI-Obtención por Vinificación Integral), una joya de la ingeniería enológica diseñada en exclusiva para él en 2004 con la cual evita el uso de bombas y mangueras en el proceso de vinificación. Se trata de una plataforma giratoria que reduce el daño por fricción de la uva en pepitas y hollejos. A diferencia de los métodos tradicionales, en este diseño se prescinde de cualquier trasiego forzado. Este enfoque minimiza el daño en las uvas y preserva sus características naturales, haciendo que el vino final sea una representación fiel del fruto y del terroir. «Es un sistema único en el mundo que hemos patentado y ha suscitado mucho interés en el sector. Han venido de otros países a conocerlo in situ», arguye mientras lo muestra. Con este mecanismo la uva llega intacta, entera y fresca a los depósitos, manteniendo su integridad y evitando oxidaciones prematuras. Tanto el Reserva, Pago de Valtarreña, como Carmelo Rodero TSM se elaboran con este sistema. «El resultado se traduce en vinos más suntuosos, elegantes y técnicamente equilibrados», explican. Su portfolio, desde su popular 9 meses pasando por el Crianza (elegido ‘Mejor ‘Tinto Crianza 2025’ en la Guía Gourmets) hasta los de gama premium, es un reflejo de esa honestidad.

Carmelo Rodero es mucho más que una etiqueta, es un símbolo. Su bodega, una de las más admiradas, ha sabido crecer sin perder el alma familiar.

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