BURGOS
CSI Paleolítico: descifrando la violencia prehistórica
Daniel Rodríguez-Iglesias, doctorando en la Universidad de Burgos, estudia el origen de la violencia en el Paleolítico mediante experimentos controlados con cráneos sintéticos y herramientas ancestrales, combinando física y arqueología para generar datos objetivos sobre fracturas craneales

El campo de investigación de Daniel Rodríguez-Iglesias es la tafonomía forense, y lo aborda con una metodología experimental
La violencia no es un invento moderno. Tampoco lo son las herramientas. Pero unir ambos conceptos para rastrear el origen de la violencia humana en el Paleolítico es una idea tan audaz como innovadora. Eso es precisamente lo que ha hecho Daniel Rodríguez-Iglesias, doctorando de la Universidad de Burgos, cuyo trabajo ha sido reconocido con el tercer premio del concurso de divulgación científica #HiloTesis, gracias a un hilo publicado en Bluesky que ha captado la atención por su enfoque poco convencional.
Durante 2,5 millones de años, el registro fósil del Paleolítico apenas ha ofrecido pruebas claras de violencia. Solo un caso ha podido ser probado como homicidio. El resto son suposiciones. Frente a ese silencio, Rodríguez-Iglesias ha decidido ir más allá. No se limita a analizar huesos: los recrea. En su laboratorio golpea cráneos sintéticos con herramientas fabricadas siguiendo técnicas prehistóricas. Todo ello para comprender, desde la Física y la Arqueología, cómo se producen las fracturas, qué energía se necesita para causarlas y si pueden atribuirse a agresiones intencionales.
Este enfoque experimental abre una puerta fascinante a nuestro pasado más remoto. Una puerta que, hasta ahora, apenas se había intentado cruzar con datos empíricos. Y es que, como él mismo explica, no se trata solo de lanzar hipótesis: se trata de generar evidencias. De darle voz -y forma- a una historia que parecía olvidada en los huesos.
Su campo de investigación es la tafonomía forense, y lo aborda con una metodología experimental. Estudia cómo se fractura el cráneo humano y qué variables físicas son necesarias para que se produzcan distintas lesiones. Esto le permite distinguir entre fracturas provocadas en vida, en el momento de la muerte o tras ella. Además, investiga qué herramientas o mecanismos pueden generar determinados patrones de daño, una información clave para reconstruir posibles actos violentos en la prehistoria.
Rodríguez-Iglesias busca ofrecer herramientas objetivas y replicables que ayuden a determinar si una fractura craneal fue provocada por violencia intencional u otras causas. Hasta hoy, solo un caso ha sido confirmado como homicidio, gracias a un estudio interdisciplinar del Equipo de Investigación de Atapuerca. Con esta base experimental, el investigador espera reinterpretar antiguos hallazgos, proponer nuevas hipótesis y, cuando sea necesario, descartar las anteriores.
Durante décadas, los cráneos paleolíticos con fracturas se analizaban de forma casi descriptiva. Se observaban las marcas, pero no se indagaba en su origen físico. ¿Accidentes? ¿Golpes deliberados? ¿Procesos post-mortem? Las dudas eran muchas, y las respuestas, escasas. Esa falta de evidencias llevó a Rodríguez-Iglesias a replantear el enfoque: ante la incertidumbre, había que experimentar. Reproducir impactos, controlar variables, medir fuerzas. Solo así -con cráneos sintéticos, herramientas del pasado y modelos físicos- se podía comenzar a esclarecer uno de los comportamientos más antiguos y complejos de nuestra especie.
Una de las grandes ventajas de esta metodología es que no requiere fósiles. Al trabajar con réplicas de cráneos humanos, puede recrear fracturas en condiciones controladas y comparar los resultados con evidencias arqueológicas. Así, es posible interpretar con mayor precisión el contexto y origen de ciertas lesiones.
Los modelos craneales que utiliza son réplicas altamente realistas, formadas por esferas óseas sintéticas recubiertas con una capa de piel artificial. Están hechas con poliuretano (Fabricadas por la empresa Synbone) y gelatina balística -que imita las propiedades de los tejidos blandos-, montadas sobre cuellos sintéticos con cierta capacidad de movimiento. Este conjunto simula la cabeza humana de forma muy precisa y permite reproducir lesiones traumáticas con gran fiabilidad. Los modelos fueron desarrollados por la Universidad de Edimburgo y se han convertido en una herramienta clave para este tipo de estudios.
El papel de la Física y la Arqueología en esta investigación es complementario y esencial. La Física permite analizar variables como fuerza, velocidad, tipo de impacto o energía transferida. Gracias a ello, se puede incluso calcular el potencial letal de ciertas herramientas paleolíticas. La Arqueología, por su parte, aporta el contexto cultural y material, y permite vincular esos datos experimentales con escenarios reales del pasado.
Uno de los aportes clave de su trabajo consiste en demostrar que la forma y el tamaño de la superficie de impacto están directamente relacionados con el tipo de fractura que se produce en el cráneo humano. Mediante experimentos controlados, han comprobado que las superficies más pequeñas, conocidas como focales, tienden a generar fracturas deprimidas o penetrantes, un tipo de lesión comúnmente vinculado a la violencia. Lo más revelador es que este mismo patrón de fractura aparece en varios fósiles del Paleolítico, lo que ha llevado al investigador a centrar su atención en esos casos concretos para reinterpretarlos desde una perspectiva experimental.
La participación en #HiloTesis fue para el investigador una oportunidad única para divulgar su trabajo de manera clara y accesible. Al condensar su investigación en apenas 20 publicaciones, se vio obligado a simplificar conceptos técnicos sin perder rigor científico, lo que le permitió comunicar temas complejos con un lenguaje cercano y creativo. Este desafío no solo fortaleció su capacidad para conectar con un público amplio, sino que también reafirmó su convicción de que la divulgación es una forma esencial de educación para quienes sienten curiosidad, aunque no sean expertos en la materia. Ganar el tercer premio representa para el doctorando un reconocimiento al interés y a las muchas horas dedicadas a formarse en divulgación y comunicación científica.
Rodríguez-Iglesias concluye con entusiasmo y con ganas de seguir avanzando. El próximo paso de su proyecto consiste en nuevos experimentos controlados en colaboración con un equipo de ingenieros de la Universidad Rey Juan Carlos. Su objetivo: analizar con precisión el potencial letal de las herramientas seleccionadas, utilizando solo la energía de un ser humano. En palabras del investigador, «es como un CSI versión Paleolítico».
Su intención es clara: dejar atrás la especulación y construir, por fin, un relato sobre la violencia en el Paleolítico basado en datos objetivos. Porque entender la violencia del pasado no solo nos habla de cómo vivíamos, sino también de quiénes somos.