POR EL LABERINTO DEL PATRIMONIO
Intrahistoria en piedra de los encierros
La serie ‘Por el laberinto del patrimonio’ se inicia en el Monasterio de Nuestra Señora de la Soterraña, Santa María la Real de Nieva y, más concretamente, en su claustro, uno de los sobresalientes del gótico de Castilla y León
Corredor alcanzado por un toro, claustro del Monasterio de Nuestra Señora de la Soterraña, Santa María la Real de Nieva (Segovia)
Por el laberinto de los asombros de nuestro gran Patrimonio, empezaré haciendo parada en Santa María la Real de Nieva, un lugar, muy cercano a Segovia por el camino de Arévalo, en cuyo centro se alza una iglesia-monasterio cuya prestancia se impone desde la distancia: la de Nuestra Señora de la Soterraña, construido en la primera mitad del siglo XV en un gótico arcaizante que lo singulariza por deseo de Catalina de Lancaster, esposa de Enrique III, donde la Virgen se le apareció a Pedro Amador, luego Pedro Buenaventura, ‘pastor bonus’.
O sea, un pastor de esos que ‘animam suam dat pro ovibus suis’ que no dudó en separarse de ellas hasta convencer al obispo, y este a la reina, de que en ese cerro, apartado del mundo y perdido en la nada, tenían que construir un templo mayúsculo, como en efecto hicieron, porque todo en él resulta admirable, ya la espectacular puerta de la Gloria del templo, ya el salón donde Enrique IV celebró una reunión de Cortes el 28 de octubre de 1473. Pero sobre todo su claustro, quizás y sin quizás uno de los sobresalientes de nuestro gótico, pero de nuestro gótico –insisto en ello– más arcaizante, un gótico que se abraza y funde con el románico y cuyos capiteles eternizan el cotidiano vivir intrahistórico de aquellas gentes del tránsito del siglo XV al Siglo de Oro.
Todo se encuentra en sus capiteles: los meses, representados con escenas agrícolas y ganaderas, la caza y los ejercicios caballerescos, temas bíblicos, la Pasión y Muerte de Jesucristo, los quehaceres del campo, los modos de vida (eclesiástica, monacal, caballeresca y villana), monstruos y animales de fantasía, motivos florales y, naturalmente, las distintas manifestaciones taurómacas, pasión y razón de los españoles siempre.
No tengo ahora mismo las cuentas claras, pero desde luego son más de ochenta los capiteles, ochenta y cinco u ochenta y siete, todos y todos dignos de admiración. En su providencial ‘Tesoro de la lengua castellana o española’, Sebastián de Covarrubias subraya que «los españoles son apasionados por el correr de los toros», un apasionamiento que tierras adentro vive en presente, un presente cargado de futuro que se reconoce, pongo por caso, en uno de los capiteles del claustro del monasterio de la Soterraña.
Lo primero es reparar en el motivo central de la escena en cuestión: un corredor es alcanzado por detrás por un toro, que hunde su pitón diestro en salva sea la parte, y que lo hunde sabiendo que ha hecho carne, empujando y con la mano contraria (algunos dicen pata) adelantándose para buscar un apoyo que le permita acentuar la cornada. El corredor así herido estaba a punto de ponerse a salvo en un árbol, pero le faltó un salto para lograrlo.
La escena es de una plasticidad tan tremenda como elocuente, pero todavía dice más, rodeando el capitel, nos fijamos en su cara interior: un caballero, a galope tendido y lanza en ristre, llega en auxilio del corredor. Jinete avezado, levanta de manos al caballo para sacarlo del lance si el toro se vuelve. Históricamente el interés de esta escena resulta superlativo.
¿Y por qué superlativo? Para entenderlo tenemos que ir a la historieta del desencuentro entre un papa que se metió donde no le llamaban y un rey que, siendo el campeón de la cristiandad, tenía muy claro lo que era competencia de aquel y lo que corría de la suya, monarca respetuoso con la voluntad del pueblo. Me refiero a Pío V, que en 1567 se salió con la pretensión de una bula antitaurina (’De Salutis Gregis Dominici’), y a Felipe II, que apoyado por la inmensa mayoría del estamento clerical y el común de las gentes, la mandó al limbo, dejándola sin promulgar mientras ganaba tiempo con distintas excusas a la espera de que dicho pontífice, ya mayor y con mala salud, abandonará este mundo. Lo que sucedió al cabo de un lustro, el 1 de mayo de 1572, siendo sucedido en la silla de San Pedro por Gregorio XIII, quien flexibilizó una severidad (’Exponit nobis’) pronto dejada en nada.
En el proceso de negociación con Pío V, los colaboradores del rey elaboraron un memorial cargado de razones en pro de la tauromaquia en el que, entre otros muchos argumentos, utilizaban el de la seguridad de los festejos taurinos. He aquí su textualidad: «En el correr de los toros en estos reynos, para que no suçeda el daño y peligro que a Su Santidad se debe aver referido, se han hecho y hazen muchas y muy buenas prevençiones por las justiçias y personas que lo goviernan, haziéndose talanqueras, reductos y lugares donde se aseguren y recojan los que andan al toro […] Demás desto, en las plaças [y durante los encierros] concurre muy ordinariamente gente de cavallo, que guarece a los de a pie”. Así pues, he aquí la prueba en piedra de que Pío V se equivocaba al tachar a los festejos taurinos de incontrolados en tanto Felipe II acertaba de lleno al argüir lo contrario.
Por último, dos consideraciones. La primera a propósito de la calidad de las labras de este claustro santamarieño de la Soterraña, exquisitos en la traza del conjunto y súper exquisitos en los detalles. Ahí está la cara del corredor alcanzado por el toro, con los ojos desorbitados, la boca abierta y los dientes apretados. Se ve el dolor. ¿Obra tosca, escultor anónimo inhábil? Qué risa producen este tipo de comentarios.
Y segunda, no hay cara sin cruz ni cruz sin cara. Hemos visto la cruz del corredor que no tomó el olivo a tiempo. En el claustro de la Soterraña no falta de nada y, en consecuencia, esa cruz tiene la cara de los corredores que se ponían a salvo, encaramándose a las ramas salvadoras. Ya digo, qué maravilla de capiteles.