Raíces

Raquel Martín, Salvador Herrero y Jorge Oliva
“Hoy las ciencias adelantan/ que es una barbaridad”, comunica don Hilarión a su amigo don Sebastián en “La verbena de la paloma”, popularísima zarzuela, emblema del género chico, con música de Tomás Bretón y libreto de Ricardo de la Vega, estrenada el 17 de febrero de 1894 en el Teatro Apolo de Madrid, o sea, tres meses y diez días antes de que “Perdigón” de Miura corneara de muerte a Manuel García Cuesta “el Espartero” en la madrileña plaza de toros de la carretera de Aragón, confirmando por anticipado aquella reflexión de don Ramón del Valle Inclán de que en “los toros la tragedia es real” y de ahí su grandeza.
Una grandeza que como cualquier otra grandeza se explica y desarrolla desde la base. De hecho, por más que las ciencias adelanten una barbaridad, nunca han dado noticia, ni parece que vayan a darla, de un árbol, por esbelto que sea, surgiendo por la copa. Y así sucede en el Arte de Torear, que El Viti o Morante, naciendo toreros, crecieron y se hicieron en unas novilladas en las que ya llamaban la atención (algún conocimiento tengo al respecto) y en las cuales aprendieron, mientras las explicaban, las claves del toreo. Aprender y explicar, si: porque es en las novilladas, viendo desarrollar las condiciones innatas, donde también se forjan los aficionados con conocimiento (y no asistiendo a las corridas de postín desde los callejones).
De ahí la importancia de la final del Circuito de Novilladas de Castilla y León, organizado por la Fundación Toro de Lidia con el apoyo de la Consejería de Cultura, Turismo y Deporte de la Junta de Castilla y León, que esta misma tarde, a partir de las siete se lidiará en la plaza de toros de Herrera de Pisuerga (Palencia), villa asoleradamente taurina: seis novillos, seis, de José Enrique Fraile de Valdefresno, hierro señero del campo charro, para tres novilleros, tres, dos hombres y una mujer, Raquel Martín, Salvador Herrero y Jorge Oliva, los dos primeros, ella y él, formados en la Escuela Taurina de Salamanca, semillero de toreros, y el tercero al amparo de Emilio de Frutos, hombre orquesta fundamental en nuestra tauromaquia rural, torero, apoderado, empresario y fundador/director de la Escuela Taurina de Segovia, toda la vida consagrada a la causa del toro, entrega “heroicamente” sostenida en solitario.
Y quiero subrayarlo en punto y aparte: es la primera vez, la primera, que un aspirante a torero de Segovia alcanza, en alas de sus merecimientos, la final de estos circuitos, que son imprescindibles. Emilio de Frutos y él se han dejado la piel para conseguirlo, olé por ellos.
De los tres, Raquel Martín es quien cuenta con un bagaje más amplio. Si mal no recuerdo, se presentó en la Feria de Olivenza –nada menos que en la Feria de Olivenza- del veintidós, presentación triunfal en la que cortó dos orejas a un novillo de El Freixo, ganadería de El Juli, animales –los dos de su lote- desrazados y enojosos, mostrándose ella precozmente muy por encima de ambos. Yo, que estuve allí, me quedé con su capacidad para sacarles pases. Luego, como es lógico en los inicios de una profesión tan exigente, ha tenido altibajos, pero en la segunda semifinal del presente circuito, celebrada en Roa de Duero (Burgos), otro pueblo de notable tradición taurina, estuvo templada, segura y trasmitiendo frente a un buen novillo de La Campana. Pero le sigue faltando un punto de suerte al entrar a espadas.
Raquel Martín puede ganar.
Salvador Herrero es novillero de dinastía: nieto, hijo y sobrino de varilargueros, con el fundador de la saga, Salvador Herrero, ejerciendo de tal en la famosa corrida de 1972 en la Plaza Mayor de Salamanca, así que de casta taurina le viene la pasión. Pero que nadie se equivoque: esa realidad familiar sin duda le habrá ayudado pero también le habrá exigido y le seguirá exigiendo, porque la gente del toro no se da coba ni se pierde en autoengaños. Salvador sabe torear y anda sobrado de valor. A mí ya me convenció por naturales en la final del año pasado en Herrera de Pisuerga, la que ganó Julio Norte, y desde entonces le he visto afirmarse, sin permitirse ni un paso atrás y haciendo gala de una conexión con los tendidos que se tiene o no se tiene, y él la atesora.
Salvador Herrero lo tiene todo para ganar.
Jorge Oliva ha sido una sorpresa, pero una sorpresa muy grata. Si no estoy equivocado, únicamente lleva dos novilladas con caballos, las dos del circuito a dirimir esta tarde, lo que de por sí demuestra la importancia (más aún: la trascendencia) de este tipo de certámenes. Asistí a las dos y en las dos lo sentí mejor que bien, con una firmeza muy por encima de lo previsible, con ganas y argumentos para ir encauzando el sueño de ser torero, elegante por verónicas y ligando luego las series. Le tocó un novillo con mucha clase de La Campana, y ese tipo de astados son los más comprometidos para los comienzos, porque reclaman el toreo bueno y descubren a los aspirantes sin posibilidades. Lo recalco: estuvo mejor que bien.
Jorge Oliva puede soñarse ganador del Circuito.
Por último, pero a la vez lo primero, insisto en los novillos de José Enrique Fraile de Valdefresno, puros lisardos en atanasio, estirpe charra por excelencia. Hace años, por cierto, asistí al indulto de unos de sus antecesores, “Pitito”, monumentalmente toreado por Miguel Ángel Perera en uno de los san antolines palentinos de los años diez.
Estoy seguro de que será una final disputada.