Diario de Castilla y León

ELECCIONES 15-M 2026 | PERFIL | ALFONSO FERNÁNDEZ MAÑUECO (PP)

El estratega paciente

Con la templanza como distintivo, aspira a revalidar el título autonómico por tercera vez

Maneja los tiempos con precisión y cuando a su alrededor se alteran, él baja el suflé y pone mesura

Alfonso Fernández Mañueco.

Alfonso Fernández Mañueco.

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Valladolid

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Cuentan que cuando todo se pone patas arriba y a su alrededor ven el apocalipsis aproximarse, Alfonso Fernández Mañueco (Salamanca, 1965) irrumpe con un lema a modo de mantra: «Serenidad». Es una de sus palabras predilectas, tan interiorizada que parece innata.

Tolstoi decía que ‘los dos guerreros más poderosos eran la paciencia y el tiempo’ y el líder del PP de Castilla y León hace un manejo certero de ambos.

El último movimiento que lo demuestra, el no dejarse arrastrar precipitadamente por sus colegas de Aragón y Extremadura hacia las urnas y apurar el mandato hasta el final.

Nada dado a exabruptos, el máximo jefe del PP de Castilla y León controla el juego de la política con precisión quirúrgica para medir el momento. El de hablar, el de negociar, de callar, de convocar, de romper alianzas, de recomponerlas, de tender la mano, de quitarla, de dejar que el rival hable solo y cave su propio hoyo y de acortar o de agotar mandatos en función de lo que la ocasión requiera.

Lo ha puesto en práctica a lo largo de los siete años al frente del Ejecutivo regional, con la gestión de una pandemia, dos gobiernos de coalición interruptus –en los que terminó más cómodo soltando lastre– y hasta una moción de censura cimentada en tránsfugas que desactivó.

Padre de dos hijas y taurino confeso, se afilió temprano, con 18 años, a las Nuevas Generaciones, su puerta de entrada al universo del PP. En él hay dos nombres fundamentales sin los que su trayectoria no se entendería igual. Dos figuras decisivas en el plano de la formación, pero sobre todo personal. Uno más ligado a sus inicios, el ex presidente de la Junta, Juan José Lucas, y otro a una etapa más reciente, el ex presidente del Gobierno Mariano Rajoy.

A ambos le unen admiración y confianza, hasta el punto de que mantienen una cercana relación y sigue consultándoles.

El dirigente salmantino siempre ha sido un hombre de partido. De un partido en el que milita desde su mayoría de edad y en el que ha desempeñado cargos tanto públicos como orgánicos.

Ha pasado por todos los estratos de la política. Antes de convertirse en la figura principal de la Junta, ejercitó su dominio del tablero en múltiples partidas, donde contempló el siempre turbulento panorama del poder desde miradores administrativos distintos: Ayuntamiento, Diputación, Junta... Y en algunos hizo doblete.

Presidente de Diputación de Salamanca, consejero y alcalde de Salamanca antes de convertirse en jefe del Ejecutivo autonómico, demuestra tranquilidad y una templanza alejada de la improvisación.

Su atracción por la política eclipsó su faceta como abogado y apenas ejerció dos años como pasante tras licenciarse en Derecho por la Usal, mientras en la universidad afloró su faceta más activista al contribuir a fundar la primera asociación de estudiantes de Castilla y León.

Su ascenso fue paulatino pero veloz. Se estrenó a la vez (1995) como concejal y como vicepresidente de la Diputación, y tan sólo un año después ya era su presidente.

Del sillón provincial le reclamó Herrera para la Consejería de la Presidencia y la Administración Territorial en 2001, donde más tarde, y sin salir del Consejo de Gobierno, asumió Interior y Justicia, para después regresar a sus orígenes y ganar el bastón de mando del Ayuntamiento charro hasta su desembarco definitivo en el gobierno autonómico.  

Pronto acumuló poder orgánico y no lo soltó. Ya en 2002 ejerció de secretario general del PP de Castilla y León hasta 2017, cuando la ‘era Mañueco’ comenzó a tejerse en el PPCyL tras un aplastante triunfo interno.

En una exhibición de cómo dominar todas las aristas del partido, barrió en primarias –alcalde vs. alcalde– al entonces regidor de León y ahora senador Antonio Silván, el verdadero delfín de su antecesor al frente de la Junta, Juan Vicente Herrera. Mientras Mañueco era el preferido por una Génova de Rajoy con valedores como Cospedal.

De ahí a presidir la Junta y firmar siete años de gobierno del político templado.

Enerva al oponente, que no lo ve venir, no lo ve alterarse, y recibe la estocada cuando menos se lo espera, pero siempre cuando el dirigente popular tenía programado.

No da pasos espontáneos aunque así los vista. Sólo los que le conocen bien saben hasta qué punto controla los tiempos y que si tú piensas en la contienda actual, en el aquí y ahora, él ya se ha adelantado para abordar cómo enfrentar la que vendrá después. Y consigue que a la vista de la mayoría parezca algo absolutamente natural y no meditado, tanto en la resolución de crisis como en la confrontación con el contrincante.

Hace que las polémicas se cansen para ponerles fin con un golpe de mano y deja cocer en su jugo a adversarios (propios y ajenos). Lo hizo con el anterior líder del PSOECyL y lo repite con el actual.

De su estrategia reflexiva dio buena muestra en sus dos gobiernos de coalición. Con su ruptura con Cs y primer adelanto electoral tuit mediante, primero, y al agotar la legislatura sin seguir la estela de otros barones populares, pese a su gobierno en minoría, tras la espantada de VOX y su prórroga de presupuestos.

En otro ejercicio como metrónomo político, el mandatario popular salió de sus primeras urnas autonómicas encabezando el proyecto del PP en 2019 dando la vuelta al marcador sin hacer ruido. Sacó menos procuradores que el PSOE por primera vez en años y, lejos de suponer su primera gran derrota como a priori algunos interpretaron, de ahí resultó su primer gobierno de Castilla y León.

Hubo quienes creían que el PSOE le había ganado la partida electoral –algunos de los protagonistas lo creyeron–, pero, en cambio, esos comicios abrieron la etapa de Mañueco al frente de la Junta gracias a la aritmética electoral y la negociación de populares de su máxima confianza con miembros de Cs al máximo nivel en Madrid –mientras aquí algún líder daba por sentado un pacto de Ciudadanos y socialistas que nunca se produjo–. Ahora aspira a revalidar título con su deseado tercer mandato.  

Madridista empedernido, aficionado también al UDS Salamanca, dicen que las conversaciones futbolísticas en su presencia tienden a alargarse sine die porque se embulle en ellas con placidez.

Es hijo de alcalde (su padre fue regidor de Salamanca de 1969 a 1971) y su memoria de elefante tiende a subrayarse cuando se trata de trazar un perfil más personal. Se acuerda del último alcalde que le saludó un día antaño (y por antaño pueden pasar varios lustros) y de aquel vecino que le contó su historia en tiempos pretéritos.

Sabe lo que es gobernar solo y con todos los votos en tu cesta; lo que es pactar y que te pasen los de otro, y lo que supone que te planten y retiren los sufragios acordados. En los tres escenarios mantuvo un tono firme.

En sus distintos desempeños se encontró con compañeros de viaje muy diferentes, midiendo las distancias según las personalidades.

Quienes alaban su capacidad de diálogo citan pasajes de él como alcalde de Salamanca, cuando saboreó una mayoría absolutísima que ya no pudo reeditar en el Parlamento autonómico.

Doblaba en escaños a su entonces rival en el PSOE, Enrique Cabero (actual presidente del CES), con el que aún mantiene una cordial relación. Ejercitó el diálogo por convicción y no por obligación, dado que con sus 18 ediles por los 9 socialistas queda claro que los tres pactos que alcanzaron fueron fruto de su voluntad.  

En otros escenarios, cuando personalidades explosivas a su alrededor se encienden, Mañueco toma aire. «Serenidad».

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