Diario de Castilla y León

El fugado español más buscado por Interpol

40 años sin rastro de Bueno Latorre, el preso que asesinó a dos policías en Burgos

Autor también de la muerte de dos confidentes, protagonizó su espectacular y definitiva fuga de la cárcel de Alcalá-Meco en abril de 1984 con una ‘pistola’ de jabón tintada de negro

El escultor vallisoletano Juan Villa con la recreación que realizó del rostro actual de Bueno

El escultor vallisoletano Juan Villa con la recreación que realizó del rostro actual de BuenoPHOTOGENIC

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Valladolid

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Rafael Bueno Latorre (Utrera, Sevilla, 26 de mayo de 1954), atesora, si es que vive aún, un currículum delincuencial parejo al de Antonio Anglés en muertes y en fugas. También al de Eleuterio Sánchez, el Lute, pero su figura, diluida en la bruma del tiempo, ha pasado casi desapercibida para la opinión pública española. Algo en lo que influyó el velo que impusieron las autoridades del tardofranquismo, que prefirieron no dar publicidad a un criminal que escapaba sistemáticamente de las cárceles españolas, incluso de las más férreas, y que asesinaba a policías.

¿Exagera el periodista con la leyenda terrorífica de Bueno Latorre? No. Se queda corto. A este delincuente, apodado ‘Cañameras’ no le acompañó nunca la leyenda del quinqui salmantino ni la exposición mediática del caso Alcasser. Algo sorprendente, ya que Bueno Latorre acumula un balance de cuatro asesinatos conocidos (en modo de autor directo o inductor) y cuatro fugas carcelarias de película, amén de decenas de atracos a mano armada. Todo ello sin olvidar que este criminal apodado en su día como el ‘Papillón’ español, fue considerado en los años 80 el delincuente más peligroso de España, el enemigo publico número uno y que ha figurado durante décadas entre los fugitivos más buscados de Interpol en el mundo.

El rastro sanguinario de ‘Cañameras’ sí fue seguido, por contra, con alarma y conmoción en Castilla y León, concretamente en Burgos, ciudad en la que dejó huella de su frialdad y crueldad en una fuga en la que no le importó, junto con sus dos secuaces, llevarse por delante la vida de los policías nacionales, el burgalés Raúl Santamaría, de 32 años y el leonés Jesús Postigo, de 44, y dejar malherido a un tercer agente, Sabino Quintana. Eran los funcionarios que le custodiaban en el Hospital Provincial de Burgos el 12 de octubre de 1983, a las 12, una fecha que eligió Bueno Latorre de forma intencionada para apuntalar sus opciones de éxito, ya que era la festividad de la Patrona de la Guardia Civil y los uniformados estarían en los cuarteles festejando el día del Pilar en los tradicionales actos de mediodía.

Rostro de Rafael Bueno Latorre

Rostro de Rafael Bueno LatorreE.M.

Esta sangrienta fuga se produjo en la fase final –y también la más despiadada– de su carrera delictiva en España. La Policía cree que tras su última fuga, de la que ahora se cumplen 40 años, cuando se escapó de nuevo y de forma definitiva de la cárcel de Alcalá Meco (Madrid) el 20 de abril de 1984, Cañameras abandonó España. Hasta ahora.

La carrera criminal de este delincuente no muy alto, 1,70, y más bien desgarbado, empezó ya en la adolescencia. Cuando todavía era un niño, su familia emigró a una zona periférica de Santa Coloma de Gramanet (Barcelona). Con solo 16 años estrenó su fichero policial. Primero fueron los tirones de bolsos y otras menudencias. Como fruto de esas acciones conoció el reformatorio de Rad Was (Barcelona), de donde escapó, y, poco después, la cárcel. Con 18 años entró en la Modelo de Barcelona para cumplir una pena de un año.

Poco amedrentó a Bueno el paso por la trena. Salió a los pocos meses y enseguida logró una excelente reputación en su especialidad, los atracos a bancos. Su fama recorrió toda la costa levantina y catalana, donde llevó a cabo la mayoría de sus asaltos.

Siempre jugando con fuego, le detuvieron. En 1978 Bueno Latorre estaba cumpliendo condena en la cárcel madrileña de Carabanchel y decidió que no iba a estar allí por más tiempo. Se fugó –ya era su segunda muesca en huidas– y ello le sirvió para alzarse, con tan sólo 24 años, en un referente en escapismo carcelario y además con banda propia a sus órdenes. Un ‘Houdini’ que ya estaba irritando en demasía a las autoridades de la Transición.

La segunda fuga de Cañameras fue corta, cuatro meses. La Guardia Civil dio con su paradero, en la Costa Brava, y volvió a la cárcel. A partir de aquel momento, recorrió la mayoría de las prisiones de España. En mayo de 1982 recaló en el penal de Burgos, una de las cárceles más duras de aquella época, y tenía pendiente cumplir una pena de 30 años.

Con los intestinos fuera

Inasequible al desaliento, desde su celda burgalesa comenzó a idear y diseñar su siguiente fuga, la tercera. Logró, por buen comportamiento, ser destinado en el taller de vestuario. La realidad es que no tenía ningún afán de formarse como sastre pero sí mucho más de hacerse con unas tijeras de cortar cuero de 20 centímetros de filo. La planificación, siempre la planificación (la fecha elegida, la hora, quien serían sus compinches, el arma a utilizar...) estaba detrás de cada paso de Cañameras.

En una acción casi suicida, se autolesionó clavándose las tijeras en el estómago, y logró que lo trasladaran al Hospital Provincial de Burgos con los intestinos fuera. Ya estaba en el hospital el día señalado, el 12 de octubre. A las 12 horas se hallaba en una habitación del hospital, vigilado por dos agentes de la Policía Nacional. Estaba esposado a la cama y con un brazo conectado a un gotero. De repente, la puerta se abrió bruscamente y, pistola en mano, entraron dos cómplices con peluca, gafas de sol, y bata blanca de médico. No preguntaron nada y comenzaron a disparar contra los policías, a los que no les dio tiempo a reaccionar. Los ‘visitantes’ eran Miguel Pintor y Antonio Villena, a los que Bueno conoció en el patio de la cárcel de Carabanchel. Una amistad que les llevó a rescatar a ojos ciegos a su líder.

Una lluvia de proyectiles del calibre 7,76 inundó el espacio y anuló cualquier reacción de los agentes. Miguel Pintor disparaba a ambas manos y Antonio Villena se acercaba a Latorre sin dejar de disparar. Fue cuestión de segundos. Jesús Postigo recibió una ráfaga de doce disparos y quedó desangrándose en el suelo. Villena liberó las esposas de Latorre de un tiro y le ayudó a ponerse en pie. Raúl Santamaría cayó en el acto tras recibir dos impactos fatales.

Un tercer policía, Sabino Quintana, que vigilaba el pasillo, logró acceder al lugar pero, entre el silbido de las balas, solo pudo salvar su vida, parapetado y malherido tras una columna. A la carrera y en calzoncillos, Bueno Latorre huía ayudado por Villena. Antes de seguir a sus compinches, Pintor remató a Postigo de un disparo en la garganta y le arrebató la reglamentaria, según describió la publicación Zero Grados sobre la pintoresca fuga. Treinta impactos de bala se encontraron en aquella habitación entre las paredes, el suelo y los dos cadáveres.

Minutos después, Bueno Latorre abandonaba el hospital de Burgos en compañía de sus dos acólitos, en un Renault-18 que les esperaba con el motor en marcha.

Se las prometían muy felices. Tenían tres coches, siete miembros en la banda y una serie de pisos francos para esconderse hasta que capeara el temporal.

Sin embargo, Bueno Latorre se dejó algunos flecos abiertos por el camino. Regresó a su guarida natural, Barcelona, donde estaban unos conocidos suyos: la Brigada Antiatracos capitaneada por El Técnico. Y, además, había asesinado a dos policías. Eran muchas cosas en su contra.

Diez días más tarde, El Técnico y sus hombres dieron con dos de los compinches de Cañameras: José Antonio Pérez Poyatos y su novia Carmen Berenguer. El 25 de noviembre cayó el capo de la banda, Rafael Bueno Latorre, y su mano derecha, Jorge Alvarez. El lugar: la confluencia de las calle Bailén y Rosellón, en pleno Ensanche de Barcelona.

Por aquella época, la Brigada Antiatracos de Barcelona era la más operativa de toda España, tenía los agentes más preparados y arrojados y al frente de ella se encontraba el comisario Francisco Álvarez, más conocido entre sus hombres y en el argot delincuencial por El Técnico. Esa misma brigada fue la que el 25 de marzo de 1981 localizó y liberó al jugador del FC Barcelona Enrique Castro, Quini, que fue secuestrado por tres hombres en paro que lo retuvieron durante 24 días en un taller de Zaragoza.

El comisario Álvarez, años después, fue nombrado jefe Superior de Bilbao y más tarde jefe del Mula (Mando Unificado Lucha contra ETA). Finalmente, fue procesado y condenado por el secuestro de Segundo Marey y por formar parte de la estructura de los GAL (Grupos Antiterroristas de Liberación).

Las posteriores detenciones del resto de los compinches de Bueno Latorre sirvieron para que los hombres de El Técnico llegaran a descubrir que la banda de Cañameras había asesinado y enterrado a dos delincuentes. Se trataban de Manuel Andrés Sánchez Manzano, Andresín, que fue ocultado en un paraje cercano a Mataró, y de Eduardo Aldama, Guau, que fue sepultado a las afueras del también municipio barcelonés de Fost de Capcentelles.

La Brigada Antiatraco de esa provincia había hecho un excelente trabajo deteniendo a Bueno Latorre y a sus compañeros de fuga y, además, había vengado la muerte de los dos compañeros policías.

Aparentemente todo estaba controlado y Cañameras fue enviado a la cárcel de máxima seguridad de España: Alcalá-Meco.

Hacía tan sólo un año que se había inaugurado aquel centro penitenciario con todos los adelantos técnicos del momento. Pero eso no fue problema para que Bueno Latorre esgrimiera su doctorado en la especialidad de Tocata y fuga.

El 20 de abril de 1984, Viernes Santo, Cañameras logró escaparse de la cárcel de máxima seguridad. Era ya la cuarta, la definitiva.

Secuestró, con la ayuda de dos presos más, a tres funcionarios de Prisiones esgrimiendo dos pistolas falsas hechas con jabón y tubos de acero inoxidable y todo ello pintado con tinta china negra.

Los tres reclusos ataron a los funcionarios, les quitaron los trajes y salieron por la puerta de atrás de Alcalá-Meco con toda normalidad.

Aquel Viernes Santo de 1984 había sido un día sin sobresaltos tras los muros de la cárcel de máxima seguridad de Alcalá-Meco. Todo controlado, todo en calma. A las 21:30, en el último recuento de retreta, sonaron todas las alarmas. Faltaban tres internos: Antonio Álvarez Gallego, Antonio Retuerto González y Rafael Bueno Latorre.

Esa fue la última noche que Bueno Latorre pasó entre rejas. Desde aquel 20 de abril de 1984, Rafael Bueno Latorre se convirtió en el fugitivo más buscado y más peligroso de toda España, en el ‘Papillón’ español.

El sumario de Rafael Bueno Latorre permaneció vivo, judicialmente hablando, muchos años después en el Juzgado de Instrucción número 5 de la Audiencia Nacional. El que fuera titular de ese juzgado, el magistrado Baltasar Garzón, apoyó la iniciativa de la Comisaría General de Policía Judicial y de la Udyco Central, a donde pertenecía el Grupo de Fugitivos, y tramitó una serie órdenes internacionales a los países donde se suponía entones, 2008, que podría estar refugiado Bueno Latorre.

Según informó entonces el periodista Antonio Rubio, EL MUNDO pudo saber que las pesquisas del Grupo de Fugitivos para dar con el huido se centraban, especialmente, en Francia y Bélgica. En esos países, al parecer, Cañameras se había convertido en uno de los capos del tráfico de hachís procedente de Marruecos.

Homenaje en Burgos

Los policías que fueron asesinados en Burgos, Raúl Santamaria y Jesús Postigo, fueron homenajeados el pasado 10 de noviembre en esta ciudad con una ofrenda floral en memoria de los agentes. Fue un acto celebrado en la fachada principal de la Comisaría Provincial de Burgos, al acudido la alcaldesa, Cristina Ayala, y la entonces delegada del Gobierno en Castilla y León, Virginia Barcones. Decenas de burgaleses se acercaron a rendir tributo a los dos uniformados.

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