La burgalesa que cambió el disparo del fusil por el de la cámara

Tras seis años en infantería, Anaís Pérez empezó a formarse y hoy se dedica a la fotografía con una cuenta de Instagram que supera los 16.000 seguidores

Anaís Pérez posa con una cámara en su estudio de la capital burgalesaTOMÁS ALONSO

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Víctor Martín
Valladolid

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Si uno se para a pensar, una cámara de fotos y un arma no se parecen en nada, pero para quien ha servido en la Infantería Ligera la analogía es inevitable. En ambos campos es fundamental estar presente, saber leer el entorno en segundos y disparar cuando la oportunidad se cruza por el visor. La diferencia está en el resultado. El primer disparo busca destruir, el segundo trata de hacer un eterno un instante.

La burgalesa Anaís Pérez ha experimentado ambos y es que tras seis años vistiendo el uniforme, dejó las filas castrenses para empuñar los objetivos de sus cámaras, aplicando la misma disciplina adquirida en el Ejército a su creación artística y, de un tiempo a esta parte, también en la creación de contenido a través de sus redes sociales.

A los 20 años, Anaís «no tenía claro qué quería hacer en la vida» , apunta. En su búsqueda de una salida laboral y el deseo urgente de independizarse la llevaron a tomar una decisión poco frecuente en jóvenes de su edad, ingresar en el Ejército de Tierra. Sin preparación previa, le bastaron unas pocas semanas de concentración mental para ponerse las pilas y lograr entrar.

Terminó en la Infantería Ligera, una de las especialidades más duras y exigentes. Para una mujer en 2009, aquel entorno predominantemente masculino supuso «un importante reto», pero también «fue el lugar donde aprendí disciplina y descubrí una fuerza mental que jamás imaginé tener».

Fue precisamente en su experiencia en el Ejército donde nació su verdadera vocación, la fotografía. «En aquel momento tenía una pareja al que le encantaba la fotografía y fueron él y su tío, quienes me metieron en este mundillo e hicieron que me enamorara de la cámara», recuerda.

Todo comenzó con una humilde cámara compacta. «Siempre la llevaba en el bolsillo y empecé a fotografiar el entorno en mis momentos libres». Las largas y solitarias guardias nocturnas pasaron a ser «horas de estudio» en las que la burgalesa devoraba «tutoriales y revistas». «Todo el dinero que ganaba lo reinvertía en material fotográfico», apunta la fotógrafa, quien entre risas recuerda que «en aquellos inicios cobraba solo treinta euros por hacer fotos a mis compañeros o a los hijos de los sargentos».

Cuando su contrato militar concluyó a los 26 años, cambió la disciplina de las armas por la del objetivo, convencida de que «estaba cambiado un tipo de disparo por otro». El periodo de desempleo tras colgar el uniforme no fue un tiempo muerto, sino «un tiempo muy valiosos para seguir formándome y desarrollar diversos proyectos», apunta.

Durante dos años combinó cursos y talleres, aprendió dirección artística organizando sus propias sesiones con el apoyo de amigas maquilladoras, y terminó mudándose a Alicante. Allí trabajó codo a codo con «grandes profesionales de la fotografía», que «me permitieron enriquecer mi mirada y aprender diversas metodologías de trabajo». Aquella etapa consolidó su sueño de dedicarse a la fotografía a tiempo completo.

Sin embargo, Anaís asegura que «el talento técnico no bastaba en un mercado abarrotado de oferta y feroz competencia». En enero de 2026, dio un giro estratégico a su proyección digital al apostar decididamente por la creación de contenido y la consolidación de su marca personal.

Creación de contenido

Tras separar sus perfiles profesionales de fotografía nupcial y corporativa, decidió también empezar a mostrar su día a día en redes compartiendo no solo contenido profesional, píldoras informativas y trucos de fotografía que la gente guarda por su utilidad, sino también su estilo de vida, deporte, retos y autorretratos conceptuales.

«Este proceso de exposición pública ha sido la mejor terapia contra la baja autoestima y el temor al qué dirán que me acompañaron durante años», apunta Anaís, quien hoy reúne en su espacio digital a más de 16.000 seguidores.

Para vencer sus miedos de raíz, se ha puesto a prueba con ejercicios como la «terapia del rechazo», abordando a desconocidos en la calle para fotografiarlos. «Aunque he recibido algunas negativas, la calidez de la gente que acepta la experiencia es muy superior y disfruto mucho haciendo este tipo de contenido».

Esa confianza por el trabajo bien hecho y «el temple que dan los años» se reflejan de inmediato en su trabajo, atrayendo a una clientela que «valora el esfuerzo invisible detrás de cada hora de edición». Hoy asegura que su perseverancia da frutos y su nombre empieza a sonar con fuerza en el sector y en las redes sociales.

«Es muy bonito y muy gratificante ver que poco a poco la gente reconoce el trabajo detrás de mis proyectos corporativos, de los reportajes de boda y de familia y de mis creaciones más artísticas», apunta la fotógrafa que cuenta con dos obras expuestas en el restaurante Cobo Estratos del chef Miguel Cobo.

Con una mayor exposición en redes sociales también llegaron los ‘haters’. «Un contenido más provocador y cercano me expuso a ellos», apunta al tiempo que resta importancia a esta figura de ‘odiadores’ de internet. Y es que «también desató mi crecimiento, sumando más de 2.000 seguidores en solo un mes».

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Con la mirada puesta en el futuro, Anaís lo tiene claro. «Quiero seguir disparando mi cámara a diestro y siniestro», señala entre risas, pero también «consolidar patrocinios con marcas alineadas con mis valores» y «vivir plenamente de mi creatividad».