Diario de Castilla y León

Más de 50 esculturas misteriosas repartidas por Ávila: el enigma de los verracos que aún no tiene todas las respuestas

Los verracos vetones y su significado vuelven al centro del debate arqueológico gracias a nuevas investigaciones que explican su origen, su función y por qué Ávila concentra algunas de las esculturas más misteriosas de la Meseta

Ejemplos de verracos vetones: figuras de granito talladas hace más de 2.000 años que representaban toros y suidos y cumplían funciones de protección territorial, comunitaria y funeraria.

Ejemplos de verracos vetones: figuras de granito talladas hace más de 2.000 años que representaban toros y suidos y cumplían funciones de protección territorial, comunitaria y funeraria.Museo Arqueológico Nacional

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Más de 50 esculturas de piedra repartidas por Ávila, algunas aisladas, otras reutilizadas en muros, plazas o propiedades privadas, siguen alimentando uno de los grandes enigmas de la arqueología peninsular. Son los verracos vetones, figuras zoomorfas talladas principalmente en granito que durante décadas se interpretaron a partir de intuiciones, paralelos culturales y mucha tradición erudita. Pero la conferencia 'Los verracos vetones. Geoquímica y contextualización de las esculturas célticas de la Meseta', celebrada en el Museo Arqueológico Nacional, deja una idea tan rotunda como fascinante: hoy sabemos bastante más que hace una década, aunque el misterio no haya desaparecido del todo.

En conjunto, se han documentado en torno a 400 verracos en la Península Ibérica entre España y Portugal, de los cuales 158 formaron parte de la muestra analizada en los estudios más recientes, mientras que solo en la ciudad de Ávila se han examinado más de 40 ejemplares y en el conjunto de la provincia la cifra asciende a varias decenas más, reflejando una de las mayores concentraciones de estas esculturas en todo el ámbito vetón.

Qué son los verracos vetones y por qué los verracos vetones siguen siendo un enigma

La definición clásica se queda corta. Los ponentes recordaron que el término 'berraco' arrastra una lectura zoológica y lingüística que no resuelve su complejidad histórica. En sentido arqueológico, hablamos de esculturas de granito que representan sobre todo toros y suidos, es decir, animales de la familia del cerdo y el jabalí, talladas en el ámbito vetón de la Meseta occidental, especialmente entre Ávila, Salamanca, Toledo, Cáceres y Zamora.

Lo importante no es solo qué representan, sino por qué se hicieron. Durante mucho tiempo se manejaron hipótesis sin una base material suficientemente sólida. El gran problema era la falta de contexto arqueológico original. Muchas piezas fueron desplazadas durante siglos, reutilizadas en puentes, murallas, palacios o fincas, lo que dificultaba saber dónde estuvieron al principio y para qué fueron concebidas. A eso se suma otro vacío decisivo: ni los vetones, ni los cronistas romanos, ni los visigodos, ni las fuentes islámicas explicaron con claridad qué significaban estas esculturas.

La primera mención histórica fiable aparece de forma sorprendentemente tardía, en el Fuero de Salamanca del siglo XIII. Y no habla de religión ni de arte, sino de jurisdicción: menciona el toro del puente romano como punto límite en una persecución. Ese detalle jurídico abrió una vía de interpretación muy sugerente: los verracos también pudieron funcionar como hitos de delimitación y protección.

El significado de los verracos vetones cambia cuando entra la ciencia

La gran aportación de la investigación presentada en el Museo Arqueológico Nacional fue cambiar las conjeturas por datos. El equipo combinó análisis morfoestructurales, estadística multivariante y estudios geoquímicos para ordenar 158 esculturas conservadas con suficiente información formal. El resultado confirmó tres grandes grupos de verracos, asociados a momentos y funciones distintas.

Los más antiguos, denominados tipo A, son grandes, más naturalistas y suelen aparecer aislados en paisajes ricos en pastos, agua o cruces tradicionales. La hipótesis más sólida es que actuaran como protectores sagrados de recursos agropecuarios estratégicos. No custodiarían un poblado, sino un territorio útil para la comunidad.

Después aparecen los de tipo B, ligados a los grandes castros u oppida vetones. Son más pequeños, más esquemáticos y aquí entran con fuerza los suidos en actitud de ataque, una imagen que los investigadores vinculan con una sensibilidad propia del mundo celta. En este caso, la protección ya no se dirige tanto al recurso como a la comunidad fortificada. Es decir, el amuleto del paisaje pasa a convertirse en guardián del asentamiento.

Por último, el grupo C corresponde a época romana. Son piezas más geométricas, a menudo de menor tamaño y en muchos casos con inscripciones funerarias. La lectura que defendieron los especialistas es clara: los verracos no desaparecen con Roma, sino que cambian de uso. Dejan de proteger recursos o poblados para pasar a amparar individualmente el alma de los difuntos.

Los verracos vetones de Ávila explican por qué la provincia es clave

Ávila no es solo un territorio con abundancia de verracos: es el gran laboratorio para entenderlos. El Valle Amblés aparece como núcleo esencial de expansión de esta cultura escultórica. Allí se distinguen piezas aisladas monumentales, agrupaciones próximas a grandes oppida como Las Cogotas, La Mesa de Miranda o Ulaca, y conjuntos tardíos asociados a contextos funerarios romanizados, como el de Tornadizos.

Uno de los casos más impactantes es el de Villanueva del Campillo, donde se conserva el ejemplar más grande de la Península Ibérica. Su escala monumental y su posición dominante sobre el paisaje refuerzan la idea de una escultura protectora vinculada al control simbólico del territorio. En otro registro, los hallazgos en la Puerta de San Vicente de Ávila consolidan la lectura defensiva del grupo B, al documentarse berracos asociados a la entrada de un núcleo fortificado.

También los célebres Toros de Guisando obligan a revisar viejas certezas. Aunque por tamaño parecían encajar en el grupo más antiguo, el análisis integral de variables los sitúa en el corazón del tipo B. Es una conclusión reveladora: el aspecto monumental no basta para fechar ni interpretar una pieza. La forma de tallado, la composición general y la lógica del conjunto pesan tanto o más que la mera escala.

La geoquímica de los verracos vetones resuelve un misterio y abre otros

La parte más innovadora de la conferencia fue, probablemente, la geoquímica. A través de difracción de rayos X, análisis mineralógicos y estudio de oligoelementos, los investigadores compararon pequeñas muestras extraídas de los verracos con canteras y afloramientos graníticos del entorno. Ese trabajo permitió identificar canteras de origen y reconstruir desplazamientos de las esculturas.

El caso de Lumbrales fue especialmente revelador. Allí se comprobó que no había tres berracos distintos, como se pensaba, sino dos ejemplares, uno de ellos recompuesto erróneamente con una peana que no le correspondía. La comparación geoquímica permitió devolver sentido al conjunto y reforzó la idea de que estas esculturas, en ciertos casos, pudieron colocarse en parejas a las puertas de los oppida.

El estudio también detectó talleres o escuelas de talla. Algunas canteras se relacionan con varios berracos, lo que sugiere producciones organizadas y no simples encargos aislados. Y aquí aparece otro hallazgo decisivo: los verracos prerromanos de tipo B recorrieron, en muchos casos, distancias medias iguales o incluso superiores a las de piezas romanas más pequeñas. Esa aparente contradicción refuerza una lectura social poderosa: su valor simbólico y étnico era tan fuerte que justificaba transportes complejos y costosos.

La conclusión de la conferencia fue tan elegante como contundente: todos los verracos cumplían una función protectora, pero no protegían lo mismo. Unos velaban por pastos y aguas; otros, por los oppida vetones; los últimos, por los muertos. Esa continuidad en la función protectora, pese al cambio de contextos históricos, explica por qué estas esculturas han resistido tanto en la memoria colectiva.

También explica su prestigio. Durante siglos fueron movidas, reaprovechadas y exhibidas como símbolos de poder, antigüedad y distinción. Ese desplazamiento constante ha complicado su estudio, pero al mismo tiempo demuestra que nunca dejaron de significar algo para quienes convivieron con ellas.

El enigma de los verracos vetones no está cerrado. Sigue habiendo piezas fuera de contexto, esculturas en manos privadas y dudas sobre cronologías, talleres o recorridos. Pero hoy la pregunta ya no se formula desde la leyenda, sino desde la evidencia.

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