La memoria rural de Salamanca pasa al lienzo en 'Raíz y Horizonte'

El pintor Carlos García Medina reivindica el riesgo de desaparición de los pueblos a través del arte

Exposición del pintor mirobrigense Carlos Garía Medina en la galería Muséo Mínimo de SalamancaJesús Formigo Ical

Publicado por
Vicente Ladislao
Valladolid

Creado:

Actualizado:

Hay paisajes que se reconocen antes incluso de ponerles nombre. Basta una encina recortada contra el horizonte, una llanura que parece prolongarse hasta perderse o un cielo abierto para saber que estamos ante el campo charro. En la pintura de Carlos García Medina, ese paisaje aparece sin artificios, casi desnudo, convertido en protagonista de una exposición que busca detener el tiempo y devolver al espectador a una tierra que el artista conoce desde dentro. ‘Raíz y Horizonte’, abierta en El Museo Mínimo Espacio de Arte, en la calle Gran Vía número 30 y Correhuela 17 de Salamanca, reúne una serie de obras en las que el pintor mirobrigense vuelve la mirada hacia los paisajes de la provincia, pero también hacia las huellas que generaciones anteriores dejaron en ella. La muestra, abierta al público con entrada libre, reúne especialmente una veintena larga de paisajes del Campo Charro, concebidos como una sucesión de silencios, encinas y horizontes.

Para García Medina, nacido en Ciudad Rodrigo en 1958, pintar la tierra no es simplemente reproducir aquello que observa. Es una manera de acercarse a sus raíces. Estudió Bellas Artes, también pintura en Burgos, y desarrolla profesionalmente una trayectoria vinculada a la creación y a la enseñanza, además de mantener una intensa labor de investigación etnográfica. Su producción se ha construido alrededor de la provincia de Salamanca, de sus paisajes, de su indumentaria, de sus costumbres y de esas manifestaciones de cultura popular que, según advierte, han ido desapareciendo silenciosamente. “Todo lo que hago está relacionado con la provincia”, explica el artista, que entiende su pintura como “un homenaje a la tierra de Salamanca”, informa Ical.

El silencio de la dehesa

En la exposición de Salamanca, la mirada se encuentra sobre todo con la dehesa. No hay multitudes ni escenas cargadas de movimiento. Las protagonistas son las encinas, las llanuras y el horizonte. Son paisajes que se repiten a través de las estaciones, desde el verano hasta el invierno, como si el artista quisiera demostrar que en esa aparente repetición también existe una riqueza capaz de sostener una mirada durante horas. “Son paisajes del silencio”, afirma García Medina, que prefiere eliminar casi por completo la presencia humana y dejar que sea la propia tierra la que hable. “No aparecen figuras prácticamente, las protagonistas son las encinas, el horizonte, colores vivos y eso es lo que presento en esta exposición”.

La ausencia de figuras no es casual. El artista cuenta que algunos visitantes le han sugerido introducir animales entre las encinas, pero su respuesta es clara: prefiere mantener esos espacios vacíos porque considera que resultan más evocadores. La soledad forma parte de lo que quiere transmitir. La dehesa salmantina aparece así como un territorio de grandes extensiones, con poca presencia humana y pueblos cada vez menos habitados, pero también como un lugar de calma. “Lo que me gusta también transmitir es esa sensación de soledad que produce el campo charro”, señala, junto a “tranquilidad”, “sosiego” y “silencio”.

Exposición del pintor mirobrigense Carlos Garía Medina en la galería Muséo Mínimo de SalamancaJesús Formigo Ical

Esa mirada tiene además una dimensión que trasciende lo puramente paisajístico. García Medina reconoce que sus cuadros pueden leerse también como una reivindicación de esa España vaciada que se extiende por buena parte de la provincia. “Tú vas kilómetros y kilómetros por la provincia de Salamanca, sobre todo el centro y el oeste, y encuentras que hay muchísimo, muchísimo campo, y pocos pueblos”, apunta. El vacío que aparece en sus cuadros no es, por tanto, únicamente estético: habla también de una forma de vida que se ha ido retirando de los campos y de un territorio donde el silencio se ha convertido en uno de sus principales rasgos.

Del pasado a la pintura

Pero ‘Raíz y Horizonte’ no se detiene en el paisaje. Detrás de la obra de Carlos García Medina existe una investigación sobre la cultura tradicional salmantina que atraviesa buena parte de su trayectoria. El artista ha estudiado la etnografía y las tradiciones de la provincia y ha publicado trabajos sobre arte pastoril, una manifestación artesanal que durante generaciones estuvo ligada a quienes vivían y trabajaban en el campo. Pastores, cabreros, porqueros y vaqueros desarrollaron un lenguaje propio mediante objetos realizados y decorados con sus propias manos, utilizando materiales como la madera o el cuerno y grabando en ellos figuras y símbolos.

Ese mundo es hoy prácticamente inexistente. García Medina recuerda haber conocido durante su trabajo de campo a algunos de los últimos artesanos pastoriles de Salamanca y haber descubierto en ellos mucho más que simples creadores de objetos. Eran, según explica, depositarios de conocimientos transmitidos durante generaciones. “Eso ya está totalmente extinguido”, lamenta. Su interés por recuperar esas manifestaciones nace precisamente de la necesidad de evitar que desaparezcan también de la memoria colectiva. “Esa es mi lucha: mantener vivo algo que ya no existe, mantenerlo vivo”, resume.

Su relación con el arte pastoril viene de lejos. Durante su infancia y adolescencia vivió en pequeños pueblos de Soria y Burgos, donde entró en contacto con los pastores y con los objetos que elaboraban. “Yo me iba a ver a los pastores cuando me escapaba de la escuela”, recuerda. Allí descubrió una cultura que le llamó la atención por la riqueza de sus formas y por la paciencia con la que aquellos hombres grababan sus cayados, sus cuernas y otros objetos. Cuando posteriormente se estableció en Ciudad Rodrigo, descubrió que Salamanca conservaba una tradición pastoril todavía más amplia y variada.

La investigación acabó convirtiéndose también en materia pictórica. Los símbolos que antes aparecían tallados, grabados o bordados pasan ahora al lienzo y a la tabla. Peces, toros, sirenas, corazones o árboles de la vida reaparecen transformados mediante colores y texturas contemporáneas. El artista insiste en que no se trata de inventar nuevos símbolos, sino de recuperar los que ya estaban ahí. “Yo no me invento nada, yo reinvento”, explica. Su trabajo consiste en tomar aquello que dejaron los antepasados y darle una nueva vida a través de la pintura.

Los signos de una tierra

Ahí aparece una de las claves de su obra: el encuentro entre lo antiguo y lo contemporáneo. El espectador puede encontrarse ante una composición que, a primera vista, parece completamente moderna, pero cuyos signos hunden sus raíces en representaciones realizadas siglos o incluso miles de años atrás. García Medina habla de un lenguaje actual construido a partir de una memoria antigua. “En arte lo más antiguo, lo primitivo, es lo más moderno, lo más vanguardista muchas veces”, sostiene.

Esa misma lectura está presente en su trabajo sobre Siega Verde. Los grabados prehistóricos de este enclave cercano a Ciudad Rodrigo se convierten en punto de partida para una serie en la que animales representados sobre la roca aparecen ahora sobre lienzos y tablas. Ciervos, rinocerontes lanudos, uros y otros animales forman parte de un imaginario que el artista recupera para acercarlo al presente. “Es también como una forma de darlos a conocer. Un reencuentro con la prehistoria”, explica.

Para García Medina, esa conexión entre pasado y presente no es una contradicción. Al contrario, es precisamente lo que permite que aquellos símbolos vuelvan a tener significado. Lo que un día estuvo grabado sobre una roca puede adquirir una nueva lectura cuando aparece sobre una tabla o bajo una capa de óleo o acrílico. El artista aporta la forma y el color, mientras que el origen permanece ligado a la tradición. “De mi propia cosecha pongo la forma, el colorido. Y luego lo demás lo saco de la tradición, de la historia, de lo que nos han dejado nuestros antepasados”, explica.

Una memoria que se resiste a desaparecer

En esa recuperación hay también una reivindicación. García Medina considera que Salamanca posee una riqueza tradicional extraordinaria que, sin embargo, continúa siendo poco conocida. Habla de la indumentaria, de las joyas, de la cerámica, del bordado tradicional y, especialmente, del arte pastoril. “Salamanca tiene una riqueza patrimonio muy, muy, muy importante y muy desconocido”, asegura. Su pintura intenta poner esa riqueza delante de los ojos de un espectador contemporáneo, incluso de aquel que quizá nunca se haya detenido a pensar en el origen de los símbolos que aparecen ante él.

Adolfo, el galerista que acoge la exposición comparte precisamente esa lectura. A su juicio, García Medina ha conseguido establecer un puente entre el arte popular y la pintura contemporánea. Considera que su principal mérito está en actuar como transmisor de una cultura antigua y darle una visión adaptada al presente, sin reducirla a una pieza de museo. “Hay personas que sirven para eso”, explica, personas capaces de rescatar una cultura que podría perderse y “traducirla” al mundo actual.

Para el responsable de la galería, esa capacidad de conectar épocas es precisamente uno de los elementos que hacen singular la obra del pintor. Los símbolos no se quedan en su apariencia decorativa, sino que remiten a algo más profundo: al espíritu de las imágenes y al mundo del que proceden. “No se queda solo en el envoltorio, sino que va al centro de la imagen, al núcleo”, explica. En su opinión, entender aquello que está detrás de cada representación permite que el espectador contemporáneo pueda acercarse a una cultura que, de otro modo, podría quedar definitivamente alejada.

El paisaje como refugio

Sin embargo, en la exposición que ahora puede contemplarse en Salamanca no hace falta conocer la historia de cada símbolo para encontrar una puerta de entrada. Basta con detenerse ante los paisajes. La propia galería destaca una pintura que busca rescatar la paz del mundo rural y convertir el horizonte en un lugar de reencuentro. Carlos García Medina no pinta únicamente un territorio: pinta la sensación que ese territorio produce en quien lo conoce.

“Me tranquiliza mucho el paisaje de la dehesa, el paisaje salmantino”, reconoce. Esa tranquilidad es quizá el hilo que une las diferentes dimensiones de su trabajo. Está en las encinas solitarias, en los horizontes abiertos y en los campos vacíos, pero también en la recuperación paciente de unos símbolos que se niegan a desaparecer. La pintura funciona así como un espacio en el que pasado y presente pueden convivir sin necesidad de competir.

El propio artista explica que, al situarse frente a un cuadro, tampoco existe siempre una única manera de trabajar. Hay jornadas de mayor creatividad y otras en las que domina la técnica. Hay momentos en los que la obra parece avanzar y otros en los que es necesario apartarse de ella. “Siempre te crees que puedes mejorar, que puedes llegar a más, y nunca te quedas satisfecho al cien por cien”, reconoce. Esa relación de amor y rechazo con la propia creación forma parte de su manera de entender la pintura.

Y quizá esa insatisfacción explique también por qué la tierra vuelve una y otra vez a sus cuadros. Porque para García Medina no parece existir un punto definitivo en el que una tradición pueda darse por recuperada. Siempre queda otro símbolo por investigar, otro paisaje que pintar, otra costumbre que rescatar. Su obra se mueve entre la memoria y el presente, entre la encina y el horizonte, entre el grabado prehistórico y el lienzo contemporáneo.

En la galería, los paisajes del Campo Charro ofrecen una pausa. Son cuadros que no reclaman velocidad, sino atención. Frente a un mundo en el que, como apunta el galerista, “todo va muy deprisa”, esta pintura invita precisamente a lo contrario: a quedarse unos minutos más ante una imagen, observarla y dejar que el silencio haga su trabajo.

Cargando contenidos...

Carlos García Medina pinta así una tierra que conoce, pero también una memoria que teme que se pierda. Sus encinas hablan del presente; sus símbolos, del pasado. Entre ambos se construye una obra que no pretende elegir entre tradición y modernidad, sino demostrar que ambas pueden encontrarse en un mismo lienzo. Y mientras la dehesa permanece al fondo, inmensa y silenciosa, el artista continúa haciendo aquello que resume buena parte de su trayectoria: mirar hacia atrás para que algo de lo que fuimos pueda seguir caminando hacia delante.