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Ceuta, siempre. A pesar de todas las circunstancias, que no pueden ser más tristes. Ni más injustas. Ceuta, la ciudad española del norte de África sigue invadida. No hago más que pensar en el día que salga el sol definitivamente en este reino que, como su propio nombre indica, rememora un pasado coronado. No es fácil eludir la tragedia ferroviaria de Urda. En todos los museos del ferrocarril de esta comunidad ondea el banderín rojo a media asta y es que, en España, el tren fue parte de nuestras vidas y el cordón umbilical con la geografía. Hasta ahora todos teníamos un vagón de tren en la memoria feliz. De la estación del pueblo. No es de extrañar que aquellos trabajadores ferroviarios hoy sean recordados con respeto y cariño por sus colegas. Las viejas locomotoras solo echan humo en el NODO. Los románticos se inspiraron en sus humaredas. Cuántos escritores parieron relatos frente a la ventanilla por la que corrían los árboles, los montes y las vacas. “Mi carta que es feliz pues va a buscaros, cuenta os dará de la memoria mía”. ‘El tren expreso’ del asturiano me clavó los versos en la memoria infantil. Pero la pena de Campoamor, que viajó en la máquina infernal, nada tiene que ver con la inasumible tragedia que aún lloramos. Otra gloria nacional que se desintegra en las páginas de la historia de este país que bosteza más que nunca. No puedo evitarlo, cuando algo nos falla, cuando perdemos nuestro sitio en un pódium, cuando Ceuta peligra junto a Melilla y la nación va camino de ‘desconstitucionalizarse’ recurro a los viejos libros de mi biblioteca y leo, de nuevo, los llantos del 98. Acabamos de bajar a lo más profundo de nuestro liderazgo en la alta velocidad. Todo un contraste. Pero estamos acostumbrados, perdimos los restos del imperio colonial español en América y en el extremo oriente. O sea, de Cuba a Filipinas. Por cierto, no hemos tratado con justicia al soldado heroico que derramó su sangre en ambas plazas ni tampoco a los que murieron en la guerra de África, que fue la guerra de los abuelos de nuestros abuelos. Joaquín Costa, el regeneracionista, dijo aquello de: “doble llave al sepulcro del Cid para que no vuelva a cabalgar”. Unamuno exclamó “Robinson ha vencido a Don Quijote”. Admito que eran tiempos para desquiciar a cualquiera sin olvidar que, en ambos conflictos, de Cuba a Filipinas, andaba enredando el país de la bandera americana del norte. Por cierto, también nos siguen rondando en aguas del estrecho de Gibraltar los mismos Estados Unidos. Cuántas veces me tocará acudir a los viejos libros y recordar el fenómeno noventayochista. Es curioso que, después de la tormenta y del nublo, vengan elecciones. Espero que el de Vivar y el de Cervantes (pueblo sanabrés) salgan airosos de los votos agarbanzados de esta España mía, de esta España nuestra.