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Tengo la solución ante el estado de cosas. Estaba en los libros de caballerías. La solución es casera. Viene del rural, que es la esencia y de donde salió la argamasa de la urbe. Amigo de las hierbas, de los vinos y especias no me ha sido difícil encontrar la fórmula. He preparado una bebida con aceite, con vino, con sal y mucho romero que dicen que, entre otras virtudes, esta aromática proletaria mejora la memoria. Que es lo nos está fallando otra vez y vamos camino de repetir errores ya olvidados. Y se la voy a dar a beber a mis sobrinos, cuñaos, amiguetes, a mis amigos del alma, de la mili, del fútbol, a los colegas, a los del hogar del jubilado, a los compañeros de mesa de la biblioteca, a mis vecinas y vecinos, a los del “bardabajo”, a los del club y hasta tengo preparada una caldereta para el día de la fiesta. Y que beba todo el pueblo. Solo intento acabar con el mal rollo al que nos están llevando los políticos y sus políticas. No, no es la poción mágica del druida Panoramix. No es fuerza ni tortazos lo que busco en estos momentos. La política lo está embarrando todo. Nadie damos nuestro brazo a torcer. Asumimos frases, lemas y posiciones que para una sociedad cabal y justa son verdaderos despropósitos sacrílegos. Acusamos, señalamos con el dedo, callamos ante el fuego de la violencia y justificamos lo injustificable. Esto se nos está yendo de las manos. Ya se nos ha ido. Tanto, que no va a ser nada fácil reconducir la situación. Rebobinar. Poner sosiego en plena dana política. Hemos entrado en el imperio del odio. El virus que enfrenta y no razona. Los más apocalípticos se quedan cortos. Hasta los normales, esa gran mayoría que ya no es silenciosa, están tomando parte por primera vez situándose en una de las dos orillas. Caminan en la misma dirección hacia el caos. Y cada vez se hablan menos entre ellos. Volvió la guerra de nuestros abuelos. Se está preparando la mundial. Hasta el último paisanín de cualquier aldea ya ha tomado parte. Aunque, como Cayo, sigue sin hablarse con el vecino. Vamos al cóctel salvador: se trata del bálsamo de Fierabrás, cuyos ingredientes ya conocéis. Está bajo las aguas de un pantano extremeño en la que fuera una mansio romana de la Vía de la Plata “Iter ab Emerita Asturicam”. Turmulus se llamó la ciudad perdida. Ahí sigue la torre emergiendo de las aguas embalsadas. La Torre de Floripes, la bella princesa sarracena que se enamoró de un francés. En sus cimientos se enterró el ungüento que todo lo cura. Todo. El bálsamo de Fierabrás. Alonso Quijano lo describe con detalle de la mano de un judío sanabrés llamado Miguel de Cervantes. La pena es que, por el vino, el bálsamo no me sirve para arreglar lo de Ceuta. Viva España y Portugal. Y Ceuta, siempre.