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El cacao de Pedro Caos. El aprendiz de brujo juró que nunca iría en contra de las decisiones soberanas de las agrupaciones del partido. Así que buena la ha preparado esta semana en Palencia y en Burgos, por restringirnos a Castilla y León. ¿Qué ha ocurrido? Dos cosillas. 1ª, el aprendiz es ahora el Harry Potter de las escobas y de los escobazos. De la gerencia de las saunas ha pasado a la satrapía del Gobierno como la Pícara Justina: lanzando piropos a su abuela por ser del mismo oficio: «era ella una santa, un alma de paloma, ¿no es verdad, señoras vecinas?». Pues Perico igual con su suegro y con su Bego: ¿no es verdad, ángel de amor? 2ª, de aquel partido, llamado PSOE, ya no quedan ni los «traspasos de lengua» de Cupido al catre, que señalaba Justinica. Ahora todo es sanchismo como gran tenedor de oficios, de instrumentos, de amoríos.

Por esto, la elección de candidatos para las lista en Castilla y León ha sido un ejercicio de amor libre, un desflore maravilloso que, según la gran ramera de Mansilla, consiste en sacar «la lengua por los ojos y el corazón por las manos». Antropofagia política: me quiere, no me quiere. Los elegidos por las bases han quedado reducidos a yedra, a parlería de talón con muchos ceros de izquierda a derecha. ¿Cómo lo han justificado los parrilleros del corazón partido? Con unanimidad transversal. Para Martínez Mínguez –el pañoleta de Hamás en tiempos de ira– está todo clarísimo: la norma es la norma y hay que cumplirla, y todo lo reduce a «efectos del cambio climático». Para Ferraz, lo mismo: «Tiene potestad para hacerlo», pues busca la «paridad» en una paridera de pexiglás. Por tanto, pasarse a «la militancia por el forro» es lógico: al carnicero le da igual trasero que delantero.