Los precios se disparan y hacen a Castilla y León menos competitiva
Un usuario reposta en una gasolinera
La vida se encarece en Castilla y León y lo hace por encima de la media del país. Y eso no sólo no nos hace competitivos, sino que a una comunidad lastrada y acechada por la despoblación, que busca cambiar el destino de esa lacra, le supone un revés importante. La inflación se ha disparado al 4,7% en agosto, cuatro décimas más que en el conjunto español, convirtiéndonos en la tercera comunidad en la que más han subido los precios.
No parece que tenga explicación este sinsentido. Pero es fácil encontrarla en la pura y dura especulación. La de los empresarios de los carburantes en nuestra comunidad. Este sector es el que dispara nuestro IPC (Índice de Precios al Consumo) y nos hace menos competitivos. Las ayudas gubernamentales no amortiguaron en exceso los disparatados precios ocasionados, supuestamente por la guerra del estrecho de Ormuz. Las gasolineras aprovecharon los primeros conatos para incrementar los precios, pese a que, por entonces, era el mismo carburante que vendían el día antes. Y pese a que los efectos y consecuencias de las subidas del crudo en los mercados tiene un efecto de demora de dos meses, desde que esos barriles se convierten en gasolina o diésel. Es decir, no hay incrementos en los costes de producción. Lo que hay es una especulación orquestada y organizada de arriba abajo.
Hemos tenido que escuchar a voceros de las gasolineras en esta comunidad exigiendo ayudas. Ayudas con las que ellos pueden seguir enriqueciéndose desmedidamente, pero que pagamos todos los ciudadanos con nuestros bolsillos, pero así se edulcoran falsas bajada de precios. Menos competitivos en una comunidad tan amplia y que depende tanto del transporte en todos los ámbitos. Menos competitivos en una comunidad con un sector primario que requiere los combustibles para producir. Menos competitivos en una comunidad que no tiene el lujo de los cercanías subvencionados para los usuarios recurrentes. Menos competitivos por todo. Y esto ocurre mientras la Junta de Castilla y León, que en materia de consumo siempre ha sido un holograma, no mueve un dedo. Como tampoco lo hacen los parlamentarios. Pero claro, ellos tienen coches oficiales o cobran kilometrajes y no lo notan en el bolsillo. No están en la política real. Están en los BMWs de las Cortes y los Renault de la Junta. Y para qué aludir a un ministerio inservible, cuyo único uso es que hace el amalgama de Sumar para promocionar desde el gobierno al sucesor de la vicepresidenta, el ministro Pablo Bustinduy, que desde que ha llegado al cargo no se le conoce ni una mala palabra ni una mala acción. ¿Para que está la inspección de consumo?