TIENE TELA
La traición consumada
Con la invasión de Ceuta a nado, el cuento del tirano Sánchez se va al guano. Legiones de insatisfechos revientan las esclusas porque las mañas de la zorra están al descubierto. No hay cincha que sujete este retortijón. Los pocos hooligans que le quedan –el Frankenstein cebado por un surtidor ornamental– están hartos de tanto apaño de cortesana holgazana con 17 franquicias, y de tanta cornada de morucho berrendo. La mayoría de españoles –los que duermen por costumbre y consienten sus ruindades y fechorías– han vuelto fundidos por un veraneo mísero y corto, de inflación galopante, y con estrés posvacacional. Nunca le ha jodido tanto al pueblo soberano pagar la minuta de la Mareta a un Presidente trincón, que es el Jefe sin ánima nóbili –sin nobleza de ánimo– de una banda criminal dedicada al saqueo, según sentencias judiciales.
Este introito, plagado de consideraciones políticas halagüeñas y distendidas –según me reprocha mi vecina Carmina–, no son más que lagrimitas de cocodrilo, imposturas de medio pelo, lamentos de un viejo chocho que se cae a plazos, que quiere sacudirse la caspa de la vida, y que no lo consigue, porque en cuanto lo intenta no hago más que toser y carraspear. No hay manera. Sólo pensar que en mis tiempos floridos –¡juventud divino tesoro, cuántas mangancias en cascada te tragaste sin rechistar!– voté y defendí a esta morralla progre como representantes de un socialismo humanista, me llevan los demonios y maldigo mi ingenuidad albardera. No obstante –el que fue rojo conserva los dientes de leche como reliquia–, me surge ahora mismo la pregunta de Pitágoras: entre tanto canalla, «¿no habrá uno que te preste una ayudita?».
Después de la invasión de Ceuta, me temo que ninguno. Y es que el hecho es tan incontestable que –a día de hoy 31 de agosto– no admite dilaciones literarias o parches de sor Virginia, ni patochadas de política quirúrgica para intervenir el recto. El mismo tirano lo admitió el 30 de Julio en un acto de heroicidad suicida para él. Según la rectitud de Sánchez, se trata de «un ataque y una violación de la integridad territorial de España». Textual y sutilísima pamplina que evita a conciencia la palabra clave que subyace en todo ataque y violación: lo que se llama «invasión» desde hace milenios. Del latín invádere, y que significa entrar por la fuerza en cualquier espacio físico o de conciencia. Así de sencilla e hija de su madre es la filología. Para el tirano, que ochenta mil personas entren de golpe en Ceuta, no es una invasión sensu stricto.
¿Y qué sería entonces? Pues qué va a ser. Lo que dijo exactamente el One descojonándose de risa. En primer lugar, fue un «ataque». ¿De qué? Pues de nervios de una chica Almodóvar, una incursión para plantar tomates-pera alargada del Atlas, un desfile de ingenieros y de la juventud trabajadora, que dicen sanchuneros con gancho, o puede ser la pasarela con bermudas para los menas de Mohamed VI que son la leche. Y claro, falta por aclarar lo que puntuó el copríncipe de las saunas begoñeras: una violación. ¿«Cuála»? Misterio, pues hay muchas clases: placentera de placenta, sádica de Sade, penetración esquinada, un envite a lo bestia, o simplemente un termino jurídico por determinar. Así de sencillito. Aclarado lo cual, ipso facto el tirano se fue a la Mareta: pringaos, ahí os quedáis con Ceuta, y que os den mucho por el culo.
Pero la palabra invasión, a la que el tirano pone tantos reparos y echa tantos pulsos sediciosos desde las letrinas de sus palacios con telarañas, se ha convertido en este mes –el agosto que hoy despedimos tan peligrosamente– en un hecho incontestable por una razón de peso: se trata del palabro vertical que revela sin matices su traición consumada a la Constitución, a la Nación española, a las Instituciones, y a los españoles. Toda la trayectoria política de Sánchez, desde su primer día de mandato, se enmarca en esta traición solapada y estratégica, envuelta en un falso discurso democrático. Algunos llevamos denunciándolo durante más de 8 años. Hasta ahora ha conseguido con suma facilidad que ese relato destructivo adquiera rango de costumbre, y que ésta a su vez, y siguiendo la pauta aristotélica, se convierta en naturaleza.
Pues no. No puede confundirse naturaleza con costumbre. Eurípides hace un oportuno distingo: «una buena costumbre es más fuerte que una ley». El pueblo español lleva años tragándose las leyes sanchistas como si fueran bondades jurídicas. Por esto mismo, piensa ahora el tirano que la invasión de Ceuta –una empatía de catre pactada entre dos autócratas que piensan lo mismo: Ceuta es marroquí– ocurrirá como otras veces. Lógica aplastante. Si ya es naturaleza en su reinado que una traición se tape con otra, la invasión de Ceuta como traición consumada, no es traición sino una correspondencia amorosa: Mohamed & Pedro se mojan. La culpa no es suya, sino del pueblo español que ha asumido la traición como si oyera el Garrotín de Carmen Amaya: «Si el rey de España perdiera/ el Peñón de Gibraltar,/ que tú te pierdas conmigo, eso a ti que más te da».
Pero viendo la degradante secuencia de los hechos de este mes de agosto, parece que sí importa y mucho a cantidad de españoles. Ceuta es una traición que se llevará por delante al tirano, pues esto, amén de una traición sustantiva y tipificada en el código penal, es además una flagrante dejación de funciones. Secuestrado el Rey, amordazado el Ejército, y desarmadas las fuerza policiales, los invasores –una legión de «licenciados y diplomados», según J Mohedano en TVE–, son ya la gran reserva de Sánchez. Este menda enrolla el petate con su habitual desahogo: Delenda est tyrannia.