La desaparición del mundo rural que conocimos y la acción política
Incendio de Burgohondo cerca de la localidad
Seguiremos escuchando muchas necedades, sobre todo políticas, tras otro año de dramática creciente con los incendios y sus consecuencias. Sus consecuencias son el fin de un mundo tal y como lo conocimos. Por ejemplo, en buena parte de Ávila. Territorios rurales, con los que hace décadas se cebó la migración hacia destinos más prósperos. Territorios que vivían de su intemperie y la han perdido para décadas, seguramente. La intemperie del turismo, de la ganadería, de la segunda vivienda, de la inmigración estival. Todo eso que proporciona el mundo rural tratado como un parque de atracciones y de lo que carece el imaginario de las grandes urbes, sus aglomeraciones y sus tiempos inservibles para algo tan cotidiano como un ir a comprar el pan o los tomates para la ensalada, pero a precio de lúpulo.
Tendremos que escuchar y oír muchos sermones. Es el hastío político que deja tras de sí el rastro de la tragedia. De gentes que pontifican cómo se cura lo de los incendios, cada vez más voraces, cada vez más viscerales, cada vez más aterradores. De esos que dan consejos al mundo rural que para ellos no tienen. De esos que dicen cuáles son las soluciones, pero apenas han pisado las aceras de la calle tras abandonar las moquetas. Los coches oficiales son grave peligro que aleja al político de la realidad hasta el extremo de no tocar el suelo.
Todo esto del mundo rural hay que pensarlo y repensarlo. Pero no al calor de las llamaradas. Pero tampoco dejar pasar otro otoño y otro invierno sin hacer nada. Hay que empezar por endurecer la legislación contra los incendiarios, sean negligentes o criminales. Cárcel para los que como consecuencia de desatender las normas provoquen con una máquina, en pleno riesgo extremo de incendios, uno devastador, como el de Ávila. Hay que empezar por la raíz del problema. Si no se provocaran las chispas y el encendido no habría fuegos. Y luego proseguir por el modelo de mundo rural que queremos, más allá de un lugar para el ocio y las escapadas. Porque el mundo rural hace mucho que no es lo que era. Sus moradores, que eran los protectores del monte, han ido menguando, por pura migración o puro devenir vital.
Son los pregoneros de la política y el urbanismo ecologista los primeros que tienen que atender el cuidado del entorno rural. Con políticas y con medidas concretas. Requiere un pacto de estado. Empezando por una conferencia de presidentes que se traduzca en medidas inmediatas. Eso, o el próximo año seguiremos viendo cómo desaparece el mundo de ayer.