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Después de la exaltación por el triunfo con honor de nuestra selección sobre la villanía del equipo argentino viene la resaca. La adrenalina baja y el bajón sube. Y, claro, no podía faltar el contenedor de boludos de las Cortes para recordarnos la diferencia entre sentirse como un rey y vivir a cuerpo de rey.

Imagínense que ustedes no presentan la declaración de la renta durante 24 años y no pasa nada. Bueno, sí, una vez al año pasa el inspector y ustedes, muy tranquilos, le mandan a por un café mientras le redactan una lista de vecinos a los que sí que debe inspeccionar. Pues eso es lo que hacen las Cortes de Castilla y León con el Consejo de Cuentas, que ha de revisar el gasto institucional. Nuestros procuradores son un conjunto inexpugnable: juegan sin propia portería. Ante ellos, somos reyes, sí: sus reyes magos. Y cada día es un 6 de enero.

El modus operandi de tan buena fortuna es simple. El Consejo de Cuentas depende de las Cortes. Dicho Consejo ya tiene 24 años de antigüedad. 8.760 días con sus respectivas noches en las que no hubo una milésima de segundo para que alguien dentro del edificio de la avenida de Salamanca… (perdón, dentro es mucho suponer) que alguien, digo, tuviera la decencia de dar ejemplo y poner a las Cortes la primera en esa lista de instituciones a fiscalizar. Dicen que el actual presidente, Vázquez, es un hombre más transparente. Que tenga cuidado con no volverse invisible. Aún nos dura el chute de honra de la selección española frente a las arrabaleras artes porteñas y en Fuenteovejuna decimos que con las Cortes no se trata de dinero. Se trata de honor. Treinta millones o tres euros de presupuesto, no deberíamos dar ni uno a una institución que no quiere dar cuenta. De lo contrario, el absolutismo ha vuelto, somos siervos y, vive Dios, con el escarnio de tener que llamar a las Cortes la casa de todos.

Pues bien, para evitar el agobio de estas y otras quejas, los procuradores van a tomarse 52 días con sus noches de vacaciones. En realidad, vistas las comparecencias de los consejeros y las réplicas que recibieron, los parlamentarios pasaron el mes de julio en una continua víspera de fiesta, donde las conversaciones más interesantes versarían sobre cómo disfrutar de un descanso no merecido.

Como siempre, los procuradores hurtan al pueblo su sapiencia. Casi dos meses de vacaciones tras no dar palo en otros tres es un reto. Se necesita una voluntad de hierro para soportar tanto ocio sin caer en el hastío, una fuerza del carácter sobrehumana para no sentir empatía, compasión o culpabilidad al ver al resto de mortales afanar a toda prisa el periodo vacacional en caso de haberlo. Ah, pero tranquilos, yo creo en este equipo cortesano: quien puede lo más (no presentar cuentas) puede lo menos (no presentarse a secas). Ya lo dijo aquel, partido a partido... Legislatura a legislatura.