Creado:

Actualizado:

El presidente del gobierno tiene cosas de perogrullo o Pedro Grullo, como ustedes prefieran; porque creo que su simpleza intelectual le ha servido, de momento, para permanecer en Moncloa y hacer y decir «perogrulladas» como que a los que viajaron con él durante meses recorriendo España en un peugeot apenas los conocía o como que no estaba enterado de la mayoría de las cosas truculentas que se han venido cociendo en la sede del Partido Socialista... Seguramente, y dado su estado titubeante e impreciso, tampoco ha tenido ganas de ir mucho más allá del territorio minúsculo de un palacio que representa el poder. Porque Pedro se ha aferrado a Moncloa con uñas y dientes, de un modo parecido al que utilizan los niños para aferrarse al caramelo que otro niño les podría arrebatar. Pedro Sánchez, en sus salidas de pata de banco, regaló al Romano Pontífice un olivo-bonsai de Tarragona, y eso le va a traer conflictos con los separatistas catalanes, por haber dicho que el susodicho olivo era un olivo español. Los catalanes, de momento, han guardado silencio por no saber qué decir ante semejante dislate. Yo no soy catalán y, a pesar de no serlo, me rechina que Pedro Sánchez se haya atrevido a decir que un olivo tarraconense es un olivo español. No entiendo nada y es probable que Puigdemont y Rufián tampoco lo entiendan… El olivo regalado al Santo Padre es muy parecido y del mismo tamaño que el que acaba de comprar mi amigo Argimiro para iniciar un negocio de aceite de oliva-bonsai virgen extra. A Argimiro su olivo-bonsai le costó 74 euros en Amazon y se lo enviaron a casa debidamente embalado y con un minúsculo libro de instrucciones. Pedro Sánchez, por alguna razón que desconozco, tiene apego a los olivos, pues ya había regalado otro parecido a su viejo amigo de correrías José Luis Ábalos, cuando cumplió 60 años. Y ahí, precisamente, en ese insignificante y dadivoso detalle, late la coincidencia en un regalo, la controvertida afición del presidente por regalar olivos –algunos catalanes– como si fuesen olivos españoles. Por eso he dicho, al comenzar estas líneas, que Pedro Sánchez tiene cosas de perogrullo, ya que su impronta de ateo convencido le ha acercado al Romano Pontífice mucho más allá de lo que todos nosotros hubiéramos podido imaginar, pues comparten principios que se enmarcan por una paz del mundo perdurable.

León XIV y Pedro Sánchez se habían reunido durante 20 minutos, justo antes del acto celebrado en el Parlamento Español para que Pedro saliese hinchado y ampuloso al saber que la paz en el mundo –su «no a la guerra»– ha quitado hierro a la tensión que vive la política española de los últimos tiempos. Y, como Pedro es oportunista, ha aprovechado la visita del Papa para hacer como que hace más de lo que hace. O de lo que dice que hace.