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SALVO LIGERAS diferencias –escaño arriba o porcentaje abajo–, el panorama electoral en Castilla y león, según los indicios que ayer, día de reflexión, se manejaban en los mentideros políticos, volverá a repetirse lo sucedido en Extremadura y en Aragón. Sólo un seísmo de proporciones gigantescas –por ejemplo un 9.5 en la escala de Richte– cambiaría esta deriva imperturbable de la calma chicha, tan propia de los españoles, y que en la Roma clásica causaba estragos y no pocas risotadas: «cachondos los españoles para quienes vivir es beber». El latinajo concreto es «beati Hispani». En español clásico, durante siglos, se ha traducido como «felices los españoles». En español quevedesco y moderno, se evitan los rodeos y se va al grano: cachondos los españoles.

Así que vayamos al meollo, señores. ¿Cuáles serían esas ligeras singularidades, que se lanzaron en las prédicas mitineras del fin de campaña en Valladolid para que hoy, domingo 15, votemos, como lo que somos: unos cachondísimos castellanos y leoneses? Las claves, a diferencia de Extremadura y Aragón, las revelaron con entonación retórica los grandes ideólogos del régimen. Aquí hablaron los grandes ayatolás –Sánchez, Zapatero, Óscar Puente, y Martínez, el cuarteto del Hyundai con techo panorámico– como si estuvieran enumerando las categorías aristotélicas, cuando en realidad no hacían más que repetir la cachondez masiva para que el toriondo –así se llama desde el siglo XV al ganado vacuno en celo– entráramos de lleno al trapo.

Con las elecciones de Castilla y León, unos comicios regionales que se auguraban tranquilos –convocados porque tocaba y para cumplir con el Estatuto– a última hora, como recurso urgente y tubo de ensayo para las futuras convocatorias andaluzas y las generales, el sanchismo totalitario ha introducido dos trampantojos ideológicos de primer orden para distraer al conjunto de partidos en general, y al electorado perplejo en particular: el «no a la guerra», y eso tan original, desconcertante, y lúbrico, que el mundo tecnológico y cualificado, siguiendo la pauta de la excepcionalidad aleluyera del Gobierno, ha llamado el «hodiómetro». La plebe, con oportunismo zumbón, lo ha bautizado como «jodiómetro», susto o muerte venceremos, el «no a la guerra», como recurso político de alguien, como el tirano Sánchez, que allí donde va prende la corrupción como un dogma de fe progresista, y donde quiera que legisle todo lo impone por decreto ley, suena a candongueo. La paz así es candinga, farsa. Un juego tan incomprensible y vacío que, de inmediato, conecta con La paz perpetua de Kant para dar materile a las libertades públicas. En segundo término, produce el mismo tedio que una mala obra de teatro. Y tercero, resulta obsceno, insoportable ¿Quién en su sano juicio no dice no a la guerra como campaña infernal que deja al hombre sin humanidad, sin una almohada donde reposan las pobres víctimas? No conozco a nadie. Sí conozco a tiranos y asesinos que acuden a su Dios para «exterminar a su prójimo», como escribía Voltaire en su Diccionario filosófico.

Plantear el «no a la guerra» como colofón a las elecciones autonómicas de Castilla y León, es una auténtica trampa propia de golpistas que añoran otro 11-M con 150 manifestaciones en el día de reflexión. Algo tan miserable y demagógico, en cualquier pueblo europeo de mediana formación política, dejaría a ese partido en el hondón del baúl de los recuerdos. Justo lo que hizo hace escasos días la región alemana de Baden-Württemberg, que dejó al Partido Socialista en cuarta posición y en la práctica inexistencia parlamentaria. ¿Ocurrirá lo mismo en Castilla y León? Ni de broma, colegas. Seguimos siendo los cachondos o felices españoles del codo empinado. Sacará un segundo puesto. Con corrupción o sin corrupción, con el no a la guerra o el sí a su guerra, lo venderán como un triunfo para seguir haciendo manualidades de resistencia.

En cuanto a ese invento que pretende erradicar el odio de la política española con un hodio con hache –con una jota aspirada que no es jota rompedora o reja de hierro que rotula sin piedad las asperezas de la tontería lingüística–, no es más que carrocería de género, un carraspeo sucinto, el ejercicio de estiramiento del galgo de Paiporta para pasear su «no a la guerra» como si fuera la causa justa de la ceja zapateril que mece con primor – con «amor», exige Sánchez– a tiranos de cualquier calaña y a terroristas de toda condición. El falso leonés, que es Zapatero, decía con jeta cartilaginosa, que «la tierra no pertenece a nadie, salvo al viento». Sánchez, a esta misma vaciedad hortera, lo llama en digital «la huella del odio». Dos buitres sostenidos por el mismo airón.

¿Y todo así de moderno y seudo poético? No hombre, no, un respeto. Todo así de antiguo con antiparras y monocasco de una sola pieza. Epatar sobre la guerra y el odio era el deporte preferido de los romanos. Catulo, en una de sus Odas, lo deja bien claro con esta particular y universal sinceridad: «Odi et amo, odio y amo. ¿Acaso me preguntas por qué obro así? No lo sé, pero siento que esto es así, y esto mismo me atormenta». Como práctica política, Séneca, en Edipo, afinó más estos conceptos: no sirve como dirigente «quien teme excesivamente los odios de los demás». Erradicarlos, como pretende Sánchez, es la obsesión de un tirano que ha perdido el oremus, que se piensa y se cree impune, y cuya inmoralidad y lenguaje están por encima del bien y del mal.

Así que hoy, por todas estas razones, y porque ese hodio con hache me resulta profesionalmente odioso, no votaré a Sánchez, y reafirmo mi disidencia antisanchunera: delenda est tyrannia.