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Nadie es capaz de dar con la tecla para conseguir un giro en el proceso de despoblación en la España rural. Ejemplos como el de Aguilar de Campoo, con una gran fábrica motriz, son escasos y no están al alcance de todo el mundo. Pretender que en cada cabecera de comarca se instale una gran empresa que genere decenas de empleos es una quimera. Hay esfuerzos notables e inversiones cuantiosas de dinero público que no han conseguido los resultados que perseguían. El turismo es una alternativa y en lugares atractivos –Soria es uno de ellos– se logra la afluencia de visitantes, pero no sirven para fijar población en la medida que se requiere, a pesar de que se genera actividad. A veces faltan ideas y en ocasiones el temor a un fracaso que evidencie un empleo de dinero público sin eficiencia, impiden que se den pasos hacia adelante, y quizá por ello las iniciativas más modestas tienen más posibilidades, sobre todo si consiguen un carácter versátil que permita adaptar el proyecto en función de los resultados que se vayan consiguiendo. En eso no se suele pensar. En Berlanga de Duero, con poco más de 800 habitantes, surgió una idea de este tipo y va a convertirse en una realidad. Es simple, pero eficaz. El alcalde, Enrique Rubio, ha conseguido ya los fondos necesarios de la Junta de Castilla y León y va a construir inicialmente cuatro módulos que servirán de lugar de trabajo para emprendedores y al mismo tiempo, si lo desean, de vivienda. El diseño modular permite adaptarse a las necesidades del emprendedor y una fácil ampliación de las instalaciones si hay crecimiento industrial. Busca, sobre todo, atraer a personas que quieran cambiar la ciudad por el entorno rural, con la ventaja del atractivo que supone Berlanga de Duero y su comarca. El emprendedor pagará un alquiler muy muy barato para vivir y ubicar su negocio y así destinar la mayor parte de su inversión a su actividad. Se empezará con cuatro módulos, pero si hay demanda se podrán doblar con facilidad y el Ayuntamiento dispone de más terrenos para seguir con el crecimiento. Lo bueno es el relativamente bajo coste de la inversión pública y la flexibilidad para el crecimiento o para el cambio de orientación del proyecto. Si se fracasa en el objetivo principal, la generación de actividad, no quedarán unos edificios inservibles, sino que pasarían a ser solo viviendas, que también escasean en el ámbito rural. En el mejor escenario, los empresarios que logren el éxito saltarán a otras instalaciones y dejarán hueco a otros. Aunque todavía no se ha dado a conocer públicamente y, por tanto, no se ha iniciado la campaña para atraer a emprendedores, el proyecto cuenta ya con todo lo necesario para ser un realidad en el corto plazo. Es una experiencia que merece la pena seguir de cerca porque podría ser replicada en otros lugares. Y lo bueno es que mira hacia el futuro, hacia los próximos veinte años, un pensamiento que no abunda en la política, siempre más pendiente de plazos electorales.