Pilar posa sentada en una de las estancias interiores del castillo, hoy Posada Real.E.M.

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En breve saldrá el tinto más selectivo de la bodega. En la etiqueta, el apellido Troconiz. Y esto ocurre ya con los vinos de la casa: Castillo del Buen Amor y los blancos bajo el nombre La Venganza, que se sirven naturalmente fríos. Llevan varios años en el mercado. Ha pasado algo más de una década. Es el espacio de tiempo en el que un vino y una bodega pasan la prueba. El lagar y la nave de crianza, antes de fermentar los mostos, ya cuenta con la materia prima, la uva, las castas. 

Por su parte, el vino, santo y seña siempre, ha definido en esta década sus registros sensoriales y consolidado la imagen de la etiqueta. Pero todo esto no es suficiente si no está detrás el factor humano, el profesional, el creador. En este caso la creadora se llama Pilar Troconiz y es enóloga, bodeguera y viticultora, además de formar parte de ese pequeño rosario de perlas del vino que están fuera de las denominaciones. 

Pilar ha logrado lo más difícil, plantar viña donde nadie lo hiciera, diseñar un vino de castillo, esa mención tan francesa de Chateau, que cumple sobradamente por tener las viñas casi pegadas al foso, elaborar vinos de propiedad e imprimir en ellos la impronta del suelo, el clima, el paisaje y, por supuesto, de sus vides. Estas reverdecen en primavera contribuyendo a la bella panorámica desde las almenas, del monte de encinas, pinos y alcornoques, el curioso laberinto y el paisaje agrario armuñés. 

No es fácil la aventura que hace doce años emprendió la nieta de Fernando Troconiz, del que dicen que comercializó toneladas de lentejas y legumbres de la Armuña salmantina, hoy feudo de la lenteja que lleva su nombre. Pero la viña y el vino son el reto de Pilar. Porque afrontar la gestión del hotel fue algo que aprendió de su padre Fernando y de su madre Pilar, de ascendencia ledesmina, pero los vinos y sus castas llevan su sello personal. 

La vida da vueltas y revueltas. Pilar sigue viviendo en la finca donde hoy juegan sus dos hijos y ella vela por el castillo como empresaria. Su vida es una buena réplica de un ciclo vegetativo, pues es un coctel de brotes, floración, muchas podas e inviernos. Pilar estudió derecho, trabajó en un centro de investigaciones en Madrid y decidió hacer un curso de formación en enología y viticultura en Agrónomos (Madrid). Ahí conoció a profesores y compañeros con los que se familiarizó con un mundo de podas, suelos, polifenoles y análisis sensoriales. Y el entorno del castillo se llenó de vides en espaldera. 

Corrían las añadas de 2012 y 2013. Ella misma las plantó y hoy comparte prácticas culturales con Luis, que vino de Las Hurdes para quedarse a su lado entre las 50 barricas y las 7 hectáreas de viña. Y comenzaron a brotar las vides; la complicada uva pinot noir, la sutil syhra, el tempranillo que es la cepa nacional, y la blanca que lleva a la copa la flor, lo tropical y la fragancia: la sauvignon blanc, La Venganza, la que se sirve fría. De ahí que, tras una pequeña aventura gastronómica en un restaurante madrileño, Pilar Troconiz se mimetiza con su paisaje armuñés, con la Vía de la Plata, con la DO Tierra del Vino de Zamora y con todo el entramado empresarial y bodeguero del sector. 

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En esta ocasión me ciño al perfil del vino de Pilar (unas 30.000 botellas) que además acata la disciplina ecológica y supo reiniciar su vida pariendo un vino nacido de castas singulares. Sus etiquetas lo confirman. CBA, Reconciliación, La Venganza y Doble Venganza, Ribera del Cañedo…todos bajo el amparo del Castillo del Buen Amor que, además, es Posada Real y cuya estampa aparece en la etiqueta. Que, por cierto, fue el nido de amor del obispo Fonseca. Eran otros tiempos. Y otros mitrados. Chapeau por estos vinos de Chateau Troconiz.