POR EL LABERINTO DEL PATRIMONIO
El Aviso del Rayo
Segunda entrega de la serie ‘Por el laberinto del patrimonio’, que habla de ese rayo que avisa en Alba de Tormes la villa que acogió los últimos alientos de Santa Teresa de Jesús, concretamente en el Museo Carmelitano Carmus
Cristo caminando sobre las aguas y los discípulos en la barca, óleo sobre ágata, siglo XVII. Museo Carmelitano Carmus, Alba de Tormes (Salamanca).
El rayo que no cesa, «que no cesa ni se agota», es uno de los poemarios de Miguel Hernández, a mi entender su obra cumbre, publicado por Manuel Altolaguirre, poeta y editor del 27, en enero del treinta y seis en sus maravillosas Ediciones Héroe, pero el rayo de este Laberinto es otro y me salió al encuentro hace un sinfín de años en Alba de Tormes, adueñándose de mi imaginario y haciéndome válida esta reflexión de Óscar Levant: «La felicidad no es algo que experimentas; es algo que recuerdas», y a mí, que era muy niño, se me quedó para siempre grabado el misterio del Aviso de aquel Rayo.
Ya digo, fue en Alba de Tormes, la villa que acogió los últimos alientos terrenales de Santa Teresa de Jesús, donde la señal de ese Aviso sigue y seguirá per saecula saeculorum, ahora expuesto en el Museo Carmelitano Carmus, emplazado en el Monasterio de la Anunciación de Nuestra Señora de Carmelitas Descalzas, un museo que atesora bastante más de ochocientas obras de arte sacro y del que este y aquel, propios y ajenos, salen fascinados. Por supuesto, yo también.
Cruz del Rayo, Museo Carmelitano Carmus de Alba de Tormes (Salamanca)
La Dolorosa barroca de Pedro de Mena, pinturas y dibujos sobre láminas de cobre, sobre piedras nobles y aprovechando sus vetas o sobre papel, la urna marmórea con el cuerpo incorrupto de Santa Teresa, un crucifijo de marfil de antología (posiblemente del boloñés Alessandro Algardi), una colección de imágenes tiernamente idealizadas del Niño Jesús, en general de madera policromada y ricamente vestidas, dos escritorios napolitanos con decoración de cristales pintados por Vittore Billa, objetos litúrgicos, alfarería … Sobre el placer de la contemplación de tanta y tantas obras, yo siempre me recreo en un relicario de filigrana y plata que contiene el Aviso hecho Cruz de la lengua de fuego del rayo. Todavía me resuenan por dentro (se enterrarán conmigo) las palabras del cuento de mi madre cuando me lo descubrió: «Míralo bien, aquel día llovía mucho, tanto, tanto, tantísimo, que los caminos se borraron, el sol de la tarde hundido en la noche».
En fin, vayamos al cuento verdadero, porque los cuentos tradicionales a mi entender y sentir son historia, historia transmitida por abuelas y madres (gracias a Dios, también por las mías) de generación en generación. Conozco varias versiones distintas, pero al final todas confluyen en dos, idénticas en el fondo, que es la verdad: érase que se era que andándose de tertulia el todopoderoso III Gran duque de Alba, Fernando Álvarez de Toledo y Pimentel, ya retirado de Flandes (donde encabezó los tercios con mano de hierro durante seis años de batallar incesante, de 1567 a 1573), en la noble mansión salmantina de la condesa de Monterrey, doña Francisca de Zúñiga y Ulloa, muy de la confianza de los Reyes Católicos; o érase que se era que entregado don Fernando a un batida en procura de una loba vieja que asolaba los rebaños y aterrorizaba a los pastores y siendo aquella tarde agosteña de calor africano, de repente se entenebreció el cielo y estalló una tormenta con magnitud de diluvio, con ferocidad de rayos y frenesí de truenos. Ladraban los perros lastimeramente, relinchaban los caballos fuera de si, huían los ciervos aterrorizados, se desbordaban los arroyos, «¡se acaba el mundo!» gritaban los muleros.
Indiferente al diluvio, rayos y truenos, don Fernando se levantó de la mesa o haciendo un gesto a sus compañeros de caza (eso depende de la versión), el Gran Duque dio la orden de tomar, no las de Villadiego, sino la de su castillo de Alba de Tormes, una espléndida fortaleza con orígenes en el siglo XII, cuando el rey Fernando II de León levantó una torre sobre una simple atalaya, torre luego transformada en castillo por Sancho IV, castillo después arrasado en la guerra comunera y arrasamiento contrarrestado por García Álvarez de Toledo y Carrillo al construir una fortaleza impresionante, sede principal de los Alba, cuyos muros acogieron, entre otros, a Garcilaso de la Vega, Santa Teresa de Jesús, Lope de Vega o Calderón de la Barca, pero de la que sólo una de sus seis torres sobrevivió al pandemónium de la Guerra de Independencia.
Así pues, don Fernando y su séquito emprendieron a uña de caballo el camino de vuelta. Cruzaron el Tormes, ya de crecida, y siguieron adelante, pero la fuerza desatada del temporal los obligó a refugiarse bajo una gran encina en el mismo paraje del monte de Los Perales (en el término municipal de Terradillos) en que otra tormenta mayúscula sorprendió a la propia Santa Teresa y sus monjas en una de sus idas y venidas a propósito de la fundación del convento albense, perdidas y presas de angustia hasta que un joven misterioso enderezó sus pasos, habiendo ya caído la noche, al guiarlas a la luz de una antorcha que no se apagaba, del mismo modo en que no se apaga el manar de la fuente que el obispo Narciso Martínez Izquierdo mandó erigir en aquel lugar en 1877 para recuerdo de aquel suceso y alivio de caminantes. Es la poesía hecha vida de la «noche obscura del alma» de San Juan de la Cruz, tornada en dichosa «sin otra luz y guía / sino la que en el corazón ardía». Y por cierto, además de las tormentas, entre Santa Teresa y don Fernando terciaron no pocas concordancias, incluida la del año del trance final de la muerte, acabada la vida de la fundadora del Carmelo Descalzo el 4 de octubre de 1582 y la de dicho magnate un par de meses después, el 11 de diciembre. Quien haga cuentas, reparará en que en este 2026 hace de ello 444 años, que es el número por excelencia angelical, símbolo y emblema de estabilidad espiritual, orden y fuerza, cualidades intensificada al repetirse tres veces el cuatro. Volviendo a aquella tormenta infernal, con el Gran Duque y su gente, medianamente a cubierto, cuando un rayo apocalíptico los arrojó al suelo, cegados y ensordecidos, dejándolos sin sentido y partiendo por la mitad la encina cuyas ramas soberbias los habían acogido. Pero al cabo escampó («siempre que llueve escampa») y, poco a poco, los caídos se fueron recuperando. Entonces repararon en el Aviso del Rayo, todavía humeante.
Un cruz, una cruz negra, resplandecía sobre el tronco de la encina. El duque mandó cortarla y la llevó consigo a Alba de Tormes. Antes era un privilegio admirarla, pero esta sorpresa del Laberinto, ejemplo único de dibujo sagrado del Rayo, ahora se ofrece a la vista de todos en el Museo Carmus, un museo muy bien estructurado y talentosamente dirigido por Fray Miguel Ángel González, prior de los Carmelitas de Alba de Tormes y Salamanca que lleva años sacándose de su impronta teresiana y sanjuaniega unas exposiciones que, de no ir de su mano, serían económicamente inasumibles. La última, «San Juan de la Cruz, esperanza de alto vuelo» se mantendrá hasta el 17 de diciembre. No se la pierdan.