Diario de Castilla y León

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Es inevitable dejarse llevar por un instante por la elucubración y ponerse en el lugar de las personas víctimas de los recientes accidentes ferroviarios y sus familiares. Aunque sea sólo por un instante asomarse al infierno que han tenido que padecer para apartar la vista rápidamente aterrado y agradecido a Dios por no haber tenido que pasar por ese calvario. Pero hay más milagros que fatalidades catastróficas como la de este accidente que, si bien parece que se van demostrando las causas que lo provocaron, se agravó por la luctuosa casualidad de que dos trenes rápidos se cruzasen a toda velocidad en el peor de los momentos. Digo que me pongo en el lugar de los familiares de las víctimas, aunque lógicamente es imposible sentir su desgarrado dolor, porque por ese mismo punto en el que se produjo el mortal accidente de Adamuz circularon familiares muy muy cercanos en dos ocasiones unos poquitos días antes y en uno de los casos, en un Iryo. Circularon por la misma vía que el 18 de enero se rompió, la soldadura que cedió o lo que fuera que causara el accidente. Igual que en mi caso, los familiares de las 300 personas que viajan en promedio en cada AVE que circula por España se preguntan desde aquel trágico domingo si sus familiares están a salvo montando en el tren, ahora que se está poniendo el foco en los numerosos problemas que afectar al tráfico ferroviario en toda España. Como el reciente suceso en Lugo donde el Alvia que va desde Barcelona a Galicia pasando por Burgos y León se estampó contra un corrimiento de tierra. Un tren del que he hablado en anteriores ocasiones en estas líneas por su habitual retraso acumulado y nunca explicado y en el que, la casualidad también me acongoja, viaja a menudo otro familiar muy muy cercano. Esta coincidencia de familiares en rutas de ferrocarril cuestionadas se multiplica por miles de personas si tenemos en cuenta que el tránsito de viajeros por tren se ha disparado en España y los vagones circulan repletos. La afectación, por tanto, ha sido máxima en la sociedad castellano leonesa, la mas cercana, y en general la española por culpa de los dramáticos accidentes registrados, de los incidentes reportados y de la desconfianza con la que se han acogido las explicaciones del ministro de Transportes. El vallisoletano Óscar Puente atraviesa un mal trago tratando de explicar las causas concretas del accidente de Adamuz, un mal que es ya inevitable pero no irreparable, en el sentido de que lo que ahora debe imperar en Transportes es una determinación máxima por evaluar a fondo la red de ferrocarriles para invertir lo necesario para que sea completamente segura. La hoja de ruta la tienen clara, puesto que se ha sabido que los maquinistas que circulan a diario por las vías señalan el mapa de los puntos negros. Puente no es culpable directo de los accidentes, pero sí es el responsable del rumbo del Ministerio y lo que ahora corresponde es que nadie nos preguntemos si viajar en tren es seguro cuando acompañamos a nuestros familiares a la estación.

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